Tuesday 16 December 2025
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abc - 14 days ago

El clima, en nuestras manos, ¿o ya no?

Las previsiones más pesimistas de los expertos sugieren que a finales del siglo XXI la temperatura de la superficie de nuestro planeta podría incrementarse hasta en cuatro grados centígrados por encima de los niveles de la época preindustrial. Ese escenario sucedería en caso de total inacción por parte de los gobiernos del planeta. En el mejor de los escenarios, mediante políticas ambiciosas y acciones decididas, podríamos superar el nivel preindustrial en 1,5 grados. Esa previsión, tan optimista, no está descartada. Sin embargo, a tenor de lo que estamos viendo –y padeciendo–, parece improbable conseguir ese logro. Todos notamos y observamos los cambios en el medio y en el clima , sin la necesidad de reiteradas advertencias. Los datos que nos llegan a través de los medios, obtenidos mediante investigaciones rigurosas, publicadas en revistas de prestigio y máxima exigencia por parte de editores y revisores, son alarmantes. Se puede llegar a entender el negacionismo por desinformación, contumaz cabezonería o por la práctica de la técnica del avestruz. Sin embargo, lo que más nos debe preocupar a quienes prestamos atención a la realidad es el «negacionismo» –entrecomillado en este caso– por intereses económicos y total falta de escrúpulos. Es un hecho bien conocido que nuestro planeta ha experimentado cambios espectaculares en sus condiciones climáticas a lo largo del tiempo geológico. La llamada Edad del Hielo es un ejemplo que goza de gran popularidad gracias a magníficos documentales o simpáticas películas de dibujos animados. Esta época, en la que una espesa capa de hielo se extendió por América del Norte, una parte del Atlántico Norte y el norte de Europa, es relativamente reciente y ocurrió hace entre 80.000 y 14.000 años. Quizá menos conocido sea el hecho de que durante el último millón de años, cuando los individuos de varias especies humanas coexistíamos en el planeta, se sucedieron varios períodos alternos de condiciones glaciales y condiciones interglaciares de enorme impacto en la biodiversidad. Ahora disfrutamos de un suave período interglaciar, pero dentro de unos 45.000 años regresaríamos a otra Edad del Hielo. ¡Queda una eternidad! ¿Cuál es la causa de unos cambios tan aparatosos? Los conocidos ciclos de Milanković –así bautizados en honor del científico serbio Milutin Milanković, que los describió en la década de 1920– relacionan la cantidad de radiación solar que reciben cada cierto tiempo diferentes regiones del planeta con variaciones significativas de los tres movimientos de la Tierra, a saber: la traslación de nuestro planeta en su giro anual alrededor del sol, la rotación diaria de la Tierra en torno al eje imaginario entre el Polo Norte y el Polo Sur, y el cabeceo de este eje –similar al de una peonza cuando gira sobre sí misma–. Estos movimientos experimentan variaciones significativas con el tiempo debido a la interacción gravitatoria (mutua) de nuestro planeta con otros cuerpos celestes, como el Sol y los planetas de mayor tamaño del sistema solar, como Júpiter y Saturno. Las variaciones en la traslación (excentricidad), por ejemplo, se producen cada 100.000 años. El eje de rotación de la Tierra varía su inclinación (oblicuidad) en ciclos de 41.000 años, mientras que el bamboleo de este eje (precesión de los equinoccios) tiene un ciclo de 26.000 años. La interacción de los tres movimientos es la responsable de las variaciones climáticas que experimenta la Tierra. Podemos viajar hacia atrás en el tiempo y llegar casi a momentos cercanos al instante del nacimiento de la genealogía humana. Hace 5,5 millones de años, en los comienzos del Plioceno, la temperatura media global de la superficie de la Tierra era casi de 18 grados centígrados, mientras que la temperatura media de los niveles preindustriales ha sido de unos 14. Los expertos han demostrado que durante el Plioceno, los ciclos de Milanković provocaban oscilaciones climáticas con tendencia descendente. El declive fue constante durante miles y miles de años. Es más, nuestro planeta llegó a registrar menos de 12 grados –en promedio– durante los picos extremos de frío de las últimas glaciaciones del Pleistoceno. Entonces, si la temperatura media de la Tierra ha descendido hasta seis grados , ¿por qué debiéramos preocuparnos por el ascenso de un par de grados? Esa situación ya existió en la Tierra. Correcto. Pero las cosas no son tan simples. Veamos. Si nos detenemos en África, nuestra cuna primigenia, los datos medioambientales indican la presencia casi constante de bosques a comienzos del Plioceno, hace 5,3 millones de años. A lo largo de esta época, que finaliza hace 2,6 millones de años, el continente ya era irreconocible. El desierto del Sahara ocupa en la actualidad un tercio de África, mientras que las sabanas se extienden por algo más del 45 por ciento del continente. Solo ha quedado la cuarta parte del territorio cubierto de bosques, que albergan a bonobos, chimpancés y gorilas, por citar las especies más próximas a nuestra filogenia. ¿Cuántas especies se han extinguido a causa de cambios tan notables? La lista es muy extensa, tanto en África como en el resto de las tierras emergidas del planeta. Sin embargo, otras especies pudieron surgir y prosperar. La diversidad genética posibilitó recambios faunísticos, como los que sucedieron en la filogenia humana. En otras palabras, las modificaciones en el medioambiente también son una fuente de biodiversidad. La pésima noticia para los humanos es que 17 de las aproximadamente 18 especies de nuestra filogenia que prosperaron en el Pleistoceno han desaparecido en el tiempo que restaba hasta llegar a la actualidad. Solo quedó una: homo sapiens. El proceso de extinción fue lento, pero inexorable. El descenso de la temperatura media de la Tierra ha sido implacable con nuestra genealogía y nosotros nos salvamos por pura chiripa. Estábamos en el sitio correcto y en el momento adecuado, además de contar con cierto nivel tecnológico. De todo esto podemos extraer algunas lecciones. En primer lugar, los cambios medioambientales no suceden de un día para otro, sino a lo largo de miles de años. La riqueza genética de los seres vivos posibilita la adaptación. Aunque muchas especies desaparezcan, otras pueden florecer y acomodarse a nuevos ambientes. Ahora bien, estoy hablando de la evolución natural de la vida en nuestro planeta, que requiere tiempo, mucho tiempo. Pero, ¿qué puede suceder si comprimimos esos más de cinco millones de años en tan solo un par de siglos?, ¿cuál pensamos que puede ser el resultado de esa verdadera bomba de relojería? En realidad, ya estamos notando el inicio de la detonación: muchas especies se extinguen, mientras que no hay tiempo para que otras se adapten y las sustituyan. ¿Y nosotros?, ¿nos queda margen para que la ciencia y la tecnología –nuestras únicas armas– evolucionen con rapidez y nos protejan de un futuro incierto, que ya está a la vuelta de la esquina?, ¿nos queda tiempo para reaccionar?


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