Thursday 2 December 2021
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abc - 2 month ago

‘Antolojía’ de agravios: los insultos más crueles entre Juan Ramón Jiménez y la Generación del 27

Un buen día de 1929 (el 10 de noviembre) Rafael Alberti se plantó en el Lyceum Club, en Madrid, y se puso a recitar con tono burlón el poema ‘En camisa pareces un jazmín’, de Juan Ramón Jiménez (JRJ). Rio mucho el público, y el bardo cerró el acto al grito de «viva la estulticia» y con seis disparos de fogueo al aire que despejaron el salón por completo. Ese mismo año le envió al de Moguer un ejemplar de su ‘Cal y canto’, y este escribió en su cubierta: «Oropel. Labia maricona». Lo tachó como «poeta y enemigo», aunque con el tiempo se difuminó el enfado, y Alberti se declaró admirador de su postura ética tras la Guerra Civil. Antes, eso sí, le lanzó un soneto satírico: «Y no lo toques más, que el burro explota», escribió, pensando en Platero. Los plateados de la Generación del 27, y quienes les rodeaban, también imitaron al Siglo de Oro en ese viejo arte de la trifulca literaria (Lope, Góngora y Quevedo, maestros para todo), y dirigieron no pocas veces sus dardos contra JRJ, que siempre se revolvía con estilo, como dicta la norma. «No hay escritor contemporáneo más atacado que yo», llegó a decir este. Le llamaban jocosamente «Miss Poesía», y a veces telefoneaban a su casa como los chiquillos, para leerle coplillas chistosas al coro. Buñuel y Dalí («catalancito terrible» para JRJ) se cebaron en exceso, y llegaron a redactar una «carta terrible» para el maestro: «Nuestro distinguido amigo: Nos creemos en el deber de decirle –sí, desinteresadamente– que su obra nos repugna profundamente por inmoral, por histérica, por arbitraria. Especialmente: ¡Merde! para su ‘Platero y yo’, para su fácil y malintencionado ‘Platero y yo’, el burro menos burro, el burro más odioso con que nos hemos tropezado. Y para V., para su funesta actuación también: ¡Mierda! Sinceramente, Luis Buñuel, Salvador Dalí». JRJ respondió con ironía: «Mis muy “surrealistas” y muy conocidos: estoy completamente de acuerdo con ustedes y con el tercero que se oculta con ustedes [en referencia a Lorca]». Era una misiva larga, contundente: «Pero ustedes son, además de unos surrealistas, unos majaderos y unos cobardes. Porque al escribir en esa jerga francocatalana, ni siquiera saben ustedes ponerse a hacer en español sus más importantes necesidades». Etcétera. Para José Antonio Expósito, que recoge todas estas anécdotas en ‘Ecos de una voz’ (Linteo), tal vez la peor relación la tuvo Juan Ramón con Jorge Guillén, que primero lo imitó y después lo crucificó, o algo así. De ‘Cántico’, JRJ dijo: «Es para mí como una caja de mazapán toledano. Me gusta mirarlo, pero me da angustia comerlo». Y también: «Tiene bastante hueso de carne mía». Le molestaba, a Juan Ramón, que no reconociesen su influencia, ni Guillén ni Salinas, entre otros: «Construyen sus estrofas con hallazgos ajenos superpuestos». Al recibir una copia de ‘La voz a ti debida’, en 1933, Juan Ramón le comentó a su amigo Juan Guerrero: «La voz a ti debida, ¡no! ¡La voz a mí debida!» Lo que peor le sentó, con todo, fue un desplante a cuento de unos poemas suyos que Guillén iba a publicar en la revista ‘Los cuatro vientos’. «Quedan hoy retirados trabajo y amistad», le telegrameó JRJ. Guillén le respondió en carta de once folios, y en otro momento le acusó de ser un «parásito de su esposa». Neruda llamó a JRJ «demonio barbudo que cada día lanzaba su saeta» contra los Lorca, Alberti, Guillén o Salinas. Afirmó que veía en él «la legendaria envidia española», y le acusó de vivir «como un falso ermitaño, zahiriendo desde su escondite a cuanto creía que le daba sombra». Juan Ramón no entró mucho al trapo, pero lo definió así: «Un gran mal poeta». Dos Nobel de Literatura, ahí. El 19 de abril del 36, en un homenaje a Cernuda de «los veintisietes», alguien, probablemente Bergamín, que ya lo había tachado de «poeta fantasma», propuso dedicarle este poema a JRJ: «El cornudo estaba divino / salomónico y or / era una cabeza de cochino / con barba de poeta fatal». A Cernuda Juan Ramón lo respetaba, y lo bautizó como «el perpetuo adolescente». Él le había mandado esta dedicatoria en ‘La realidad y el deseo’: «Al poeta que me alentó en mis comienzos y que alentó a mis compañeros de generación, y cuya fuerza y delicadeza no olvidaré nunca». Tras su muerte, le dedicó un artículo de título inequívoco: ‘Los dos J.R.J. El Dr. Jekyll y Mister Hyde’. Ay, el olvido.


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