Thursday 28 October 2021
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eldiario - 30 days ago

Patrick Radden Keefe: Hay que dejar de solucionar todo con recetas de opiáceos

La dinastía Sackler es una de las más ricas y poderosas de EEUU. Con una fortuna estimada en 14.000 millones de dólares, su apellido comparte podio entre familias acaudaladas como los Busch o los Rockefeller. Además, al igual que sucede con otros multimillonarios, también están adheridos a causas filantrópicas con una finalidad que cabalga entre el altruismo y el lavado de imagen. Aparecen vinculados a instituciones de arte y enseñanza o a museos como el Guggenheim de Bilbao, que ha recibido donaciones de 9 millones de dólares a lo largo de 20 años. ¿Cómo lo han conseguido? Levantando un imperio farmacológico, primero comercializando Valium y luego OxyContin, un potente y revolucionario analgésico. Generaron billones de ingresos… y millones de adictos. El OxyContin se comenzó a vender en 1996. En el cuarto de siglo posterior a su lanzamiento, las muertes por sobredosis relacionadas por opioides en EEUU llegaron a las 450.000. Superan los fallecidos por accidentes de tráfico, las heridas de armas de fuego o los soldados norteamericanos caídos desde la Segunda Guerra Mundial. Es lo que acabó generando la llamada crisis de los opioides, una epidemia de adictos creada por empresas farmacéuticas que todavía hoy tiene consecuencias en todo el mundo. Para arrojar luz a toda esta red de influencias llega Patrick Radden Keefe (autor de No digas nada), que en 2017 comenzó con una exhaustiva investigación sobre los secretos de los Sackler que ahora aterriza en librerías con el título de El imperio del dolor (Reservoir Books), traducido por Albino Sánchez, Francesc Pedrosa y Jesús Negro. El autor nos atiende en un hotel en pleno corazón de Madrid, a primera hora de la mañana, con café en mano y dispuesto a ahondar en uno de los entramados más perversos de nuestra era reciente. El relato arranca con la historia de tres hermanos de origen humilde que en 1952 adquieren una pequeña empresa farmacéutica para ganarse la vida. ¿En qué momento se rompe la brújula de la ética?Ocurre de forma gradual, es difícil señalar el momento en el que cruzaron la línea. Fue una sucesión de pequeñas desviaciones del camino correcto, y cada vez que lo hacían pensaban de sí mismos que eran buenas personas.¿Qué diferencia al OxyContin de otros opiáceos que también provocan adicción?Cuando se empezó a vender en 1996, lo que hacía que fuera diferente con respecto a otros fármacos es que era muy potente. En una pequeña píldora podían introducir una gran dosis de ese opioide, porque tenía un código diseñado para que fuera liberándose poco a poco. La otra diferencia era la forma en que se vendía. Hasta ese momento había un consenso entre los médicos de que solo había que recurrir a los opioides cuando otras cosas no habían funcionado, porque eran adictivos. Pero cuando OxyContin se empezó a comercializar, centraron su campaña de marketing en decir que no era peligroso ni adictivo y empezaron a usarse con más libertad.El silencio de la mala praxis de los Sackler duró décadas porque organismos oficiales también lo permitieron, como la Administración de Medicamentos y Alimentos. ¿Hasta qué punto son cómplices las instituciones encargadas de velar por el ciudadano?El libro también trata de la historia de todas esas instituciones que lo permitieron, porque el dinero de esa familia corrompía todo lo que tocaba. Espero que también sirva para poner en cuestión a un sistema que aísla a los ricos e impide que sus malos actos tengan consecuencias. En un momento en el que gobiernos de todo el mundo hacen campañas para concienciar de la vacunación contra la COVID-19, ¿pueden historias como estas alimentar la desconfianza sanitaria?Espero que mi libro no se lea con esa perspectiva. No hay que ser ingenuos con la forma en la que funciona el mundo: las organizaciones que se dedican a ganar dinero no trabajan por el bien de la humanidad. Esto se ve muy claro en esas empresas a las que han pedido que renuncien a sus patentes, con la intención de usar sus medicamentos en países sin recursos, y sin embargo se han negado. Pero tener una actitud demasiado cínica con estas empresas tampoco es positivo, porque pueden conseguir cosas milagrosas. Ha sucedido más en EEUU que en España, pero muchas de las personas que se han negado a vacunarse ha sido en parte a relatos como el de la crisis de los opioides. Se ha roto la confianza de la ciudadanía en las farmacéuticas, pero lo último que quisiera es que alguien que leyera mi libro concluyera que no tiene que vacunarse. Yo lo estoy y todo el mundo debería hacerlo.  Al principio parecía que el problema no era del OxyContin, sino de las personas porque abusaban de ello. Es la misma lógica que parece existir en otros negocios, como el de la industria armamentística: el culpable no es el fabricante de una pistola, sino de quien la usa para matar. ¿Por qué se responsabiliza al consumidor?Hay gente que tiene una filosofía del mundo en la que todo depende de la libertad individual y, por tanto, cree que tendría derecho a venderte algo independientemente de que puedas usarlo para matarte a ti o a otros.Cuando los Sackler fueron conscientes de que su medicamento mataba a mucha gente, su primera reacción fue decir que esto ocurría con personas adictivas sin valores éticos y que, por lo tanto, no era culpa del fármaco. Hay mucha gente en EEUU que tiene ese punto de vista libertario porque caló en la población. Al final, la compañía farmacéutica acabó en quiebra, pero después de ganar 35 billones de dólares y causar cientos de miles de muertes. ¿Se ha hecho justicia?No, en absoluto. Esta es una historia de impunidad, y ya era consciente mientras estaba escribiendo el libro. Había cosas que no sabía cómo iban a acabar, pero tenía algo muy claro: que los malos al final se salían con la suya. Es importante comprender lo que esto también nos dice con respecto al mundo en el que vivimos. La dinastía Sackler ha proliferado en un contexto como el de EEUU, donde se apuesta por la privatización de la sanidad. ¿Habría sido tan fácil en otro contexto con una cultura sanitaria más pública, como en España?Habría sido mucho más difícil, aunque seguramente no imposible. La razón por la que la historia del libro se remonta hasta la Gran Depresión y no a 1996, cuando se comenzó a comercializar el fármaco, es porque las raíces de este relato tienen su origen con la privatización de la medicina. La corrupción de la medicina se ha producido por la mediación de las empresas privadas, y esto ocurrió mucho antes del OxyContin.La cantidad de analgésicos opiáceos consumidos en España ha aumentado un 53% en los últimos siete años. ¿A qué cree que se debe este incremento?No sé el contexto completo de España, pero sí sé que en ese mismo periodo que mencionas el consumos de opioides recetados en EEUU disminuyó y muchas de esas empresas, Purdue Pharma y otras trataron de recuperar esas pérdidas en el extranjero. Lo mismo ocurrió con las empresas tabacaleras: cuando en occidente, en Europa y en EEUU la gente se dio cuenta de que el tabaco provocaba cáncer y las empresas empezaron a perder dinero, decidieron centrarse en África.La ministra de sanidad española, Carolina Darias, alertó recientemente del alto consumo de opiáceos en España y puso en marcha un plan preventivo que pasa por informar de los riesgos a los pacientes o limitar las recetas. Sé que usted no es médico, pero después de investigar tan a fondo el conflicto… ¿Qué medidas concretas tendría que tener un buen plan para combatir el alto consumo de opiáceos?Hay algo muy importante: que muchos médicos conocen los opioides a través de las empresas, no del uso. Si va a haber un plan, debería ser uno en el que los profesionales no solo tendrían que recibir formación sobre cómo prescribir opioides sino también sobre cómo dejarlos de forma adecuada.Pero si se limita la prescripción de opiáceos, ¿no cree que eso dará lugar a un mercado negro de los mismos?Esto ocurre en EEUU y es un hecho. Es uno de los aspectos más diabólicos: que uno toma medidas para resolver un problema y acaba creando otro. Pero para que el mercado negro sea un problema previamente necesitas haber creado una gran comunidad de personas que dependan de esos medicamentos. Si en España el problema no tiene esas dimensiones es el momento de actuar, porque entonces no habrá tanta gente dependiente de estas sustancias y por tanto eso no originará un mercado.Entonces, ¿cuál sería la alternativa para alguien que de no ser por las pastillas viviría con dolor?Los opioides son una solución muy potente para un dolor grave a corto plazo, el problema es qué se hace con la gente que tiene un dolor crónico, porque el organismo desarrolla dependencia y tolerancia. Después de un tiempo es muy difícil ver si el opioide trata las molestias o si uno se ha vuelto dependiente, porque una de las formas en las que se expresa el síndrome de abstinencia es a través del dolor. Es una cuestión dificilísima y hay diferentes opiniones dentro del ámbito médico. Muchos profesionales piensan que hay alternativas, como la terapia física, y a lo mejor habría que intentarlo con eso antes de ir a por los opioides. La cultura de que pase lo que pase se soluciona con un montón de recetas de opioides debería acabar. En los años 60, la industria del azúcar pagó a científicos para que disociaran al azúcar como causa de las enfermedades cardiovasculares. En esa ocasión, al igual que con el OxyContin, la balanza se inclinó hacia el lado de los intereses privados y económicos. ¿Qué hay que hacer para que en un futuro, ante otro caso similar, se incline del lado de la salud pública? El sector necesita estar más regulado, el Gobierno debería evitar dejarse influir por la industria y los consumidores tendrían que estar informados. Del mismo modo que todos tienen que vacunarse, creo que también es bueno tener cierto escepticismo con cómo actúan esas empresas y cómo pueden influir a instituciones gubernamentales. Lo poco que puedo hacer en todo esto es contar la verdad.


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