Monday 17 May 2021
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abc - 29 days ago

El aliado pernicioso

¿Estamos seguros de que Iván Redondo no ha fichado por Génova? La campaña de Gabilondo parece diseñada por su enemigo. Los últimos ejemplos son elocuentes. Viernes, 16: el profesor de filosofía declara en La Razón que él no hubiera cerrado los bares durante la pandemia y acto seguido anuncia como fichaje estelar de su futuro gobierno —en el caso de que pueda constituirlo, naturalmente— a la ministra de Turismo. O sea, que por un lado le hace un guiño de complicidad a la política permisiva de Díaz Ayuso y por el otro elige como número dos a la persona que tiene en pie de guerra al sector hostelero. No queda claro si semejante contradicción es ocurrencia propia o sugerencia imperativa de La Moncloa. El nombre de Reyes Maroto ya había sonado como posible candidata del PSOE a las elecciones del 4 de mayo antes de que se cerraran las listas. Ahora, su desembarco en la campaña electoral suena más a proclamación anticipada del cambio de guardia en el socialismo madrileño que a refuerzo de un líder en apuros. Diríase que Sánchez, sabedor de la chufa que se va a meter su candidato, se apresura a buscarle sustituta. Original forma de revivir a un muerto esa de darle por muerto. Otra de las generalidades de Iván el Magnífico es la de alimentar la confrontación con Pablo Iglesias. Que el líder de Podemos es un ancla atada al tobillo del PSOE no es un secreto para nadie. Para Gabilondo, tampoco. No en vano arrancó su campaña diciendo que con «este Iglesias» no tenía nada que pactar. En aquel momento, reciente aún la hecatombe de Ciudadanos, tenía sentido tratar de pescar el voto centrista que había quedado sin dueño. Para el buen fin de ese propósito la cercanía de Iglesias era mortal de necesidad. Pero ahora la situación no es la misma. Todas las encuestas proclaman, con rara unanimidad, que los antiguos votantes de Rivera ya han decidido apostar por Díaz Ayuso. Y lo han hecho, entre otras cosas, porque saben que el aspirante socialista está obligado, le guste o no, a casarse con el caudillo de la izquierda radical que tanto les asusta. No hay más tutía. Para que Gabilondo se apodere de la Puerta del Sol es imprescindible que los diputados podemitas respalden su investidur a. Sin coletas no hay paraíso. La aritmética es tozuda y las cuentas no salen de ninguna otra forma. Así las cosas, una vez que se ha constatado el repudio del electorado moderado a esa boda de compromiso, ¿qué sentido tiene desincentivar a los votantes de la izquierda dando a entender que el convenio necesario para desalojar al PP es poco menos que una misión imposible? Volvamos al viernes, 16. Iglesias y Gabilondo porfían desde los medios de comunicación. En Radio Nacional, el comunista le dice a su pretendiente forzoso que no le apoyará si no sube los impuestos y éste afirma en una entrevista a La Razón que jamás pactará con quien quiera acabar con la escuela concertada. Si los dos cumplieran sus bravatas, la coyunda entre ambos para mandar a Ayuso a los escaños del común estaría abocada al fracaso. ¿Para qué molestarse entonces en ir a votar? No creo que el chamán de La Moncloa ignore el daño que le hace a Gabilondo que se hable de Iglesias en esta campaña. Y, sin embargo, no hay día que no se le nombre. ¿Por qué? Descartada la conjetura inicial de que Iván Redondo haya fichado por Génova, no se me ocurre otra explicación que la de la apuesta de futuro. Los socialistas dan por hecho que el soso es carne de cañón en esta contienda y siembran ahora el discurso de ruptura con el populismo radical para allanar el triunfo en 2023. Eso daría sentido a las dos extravagancias estratégicas de esta semana: la inclusión de Maroto en la danza de las elecciones y el denuesto reiterado al aliado pernicioso. Pincho de tortilla y caña a que los gurús del PSOE le ponen velas a San Isidro para que Podemos no supere la barrera del 5%. Mientras tenga grey propia, ni con Pablo ni sin él tienen sus males remedio.


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