Saturday 29 February 2020
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abc - 14 days ago

El plomo, el elemento químico detrás de muchas obras de arte

Con la ayuda de la fluorescencia de rayos X es posible conocer la identidad de los átomos que forman parte de una obra de arte y, en definitiva, de la tabla periódica que utilizó el artista. Por las calles de Bristol circula una curiosa leyenda que tiene su origen en el siglo XVIII. Se cuenta que cierto día William Watts, un fontanero inglés, después de una delirante borrachera soñó que desde el campanario de una iglesia llovían gotas esféricas de plomo. Varios días después hizo pasar este elemento químico fundido por una bandeja de zinc agujereada que se colocaba a varios metros del suelo. Fruto de la caída libre se iban formando bolas esféricas que, poco a poco, se enfriaban y se terminaban por solidificar en un balde de agua. De esta peculiar forma inventó los primeros perdigones de plomo. Con esta historia se pone de manifiesto algunas de las propiedades más interesantes de este elemento: se funde a temperatura relativamente baja (327ºC) y se moldea con facilidad. Si a esto unimos su abundancia en la naturaleza y su bajo coste, ya tenemos todos los ingredientes para convertirlo en uno de los elementos químicos más relacionados con el arte. Jaulas de cristal emplomadas Encontramos el plomo en usos tan dispares como pueden ser los tipos móviles de las imprentas, la fabricación de cañerías o vidrieras. Gracias al plomo algunas iglesias medievales, como puede ser la parisina Saint Chapelle, se convirtieron en espectaculares jaulas de cristal. Cuando visitamos una catedral gótica el protagonismo y la belleza se la concedemos a los vidrios de colores, pero el alma de los mismos, el verdadero esqueleto sin el cual no existirían, es el plomo. Las varillas plomadas eran uno de los elementos indispensables del trabajo diario de los maestros vidrieros, el otro era el estaño, con el que conseguían las soldaduras. El plomo también fue el compañero de fatigas de otro artista medieval, el ilustrador. Usaba un compuesto rojizo formado por óxido de plomo -el popular minio- para decorar profusamente las iniciales de los manuscritos y realizar sus famosas «miniaturas». Del albayalde al amarillo de Nápoles El plomo tampoco ha pasado desapercibido a los escultores de todas las épocas, por ejemplo, fue uno de los materiales preferidos por Pablo Gargallo. Debido a su elevada densidad y maleabilidad conseguía esculturas de gran tamaño. El plomo también nos ha regalado una enorme variedad de pigmentos pictóricos. Uno de los más importantes de la historia es el blanco albayalde. Se fabricaba a partir de carbonato de plomo mediante un curioso proceso de elaboración conocido como el método holandés. En primer lugar se fabricaban vasijas de barro especiales dispuestas en dos compartimentos conectados y cubiertas con una fuente de calor y de estiércol (dióxido de carbono). En el compartimento inferior se colocaba vinagre y en el superior placas de plomo, de forma que se permitía que el vapor del ácido acético entrase en contacto con el metal. Pasadas unas semanas aparecía una costra blanca sobre el plomo, que se retiraba, limpiaba, secaba y molía, obteniéndose el preciado pigmento blanco. El primer amarillo sintético de la historia se conoció como “amarillo de Nápoles” y no era otra cosa que antimoniato de plomo. Parece ser que comenzó a utilizarse en el país de los faraones durante la XVIII dinastía pero que no fue hasta los siglos XVIII y XIX cuando alcanzó su máximo esplendor. Desgraciadamente para los pintores el plomo no fue inocuo, siendo muchos los artistas que sufrieron una enfermedad profesional conocida como saturnismo, plumbosis o plombemia. En la nómina de pintores afectados se encuentran grandes espadas como Goya, Rubens, Fortuny, Van Gogh, Renoir, Frida Kahlo o Portinari. Pedro Gargantilla es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.


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