Wednesday 11 December 2019
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abc - 25 days ago

David Bowie, un alienígena en la biblioteca

Cuando los Stones cantaban aquello de «Time Is On My Side» («¡yes, it is!») no contaban con que, con el paso de los años, el tiempo acabaría haciendo mejores migas con los muertos que con los vivos. Así es, por lo menos, en las grandes ligas del rock and roll, aquellas que viven desde hace tiempo más pendientes de lo que fue que no de lo que será. Un buen ejemplo lo encontramos estos días en librerías y tiendas físicas y virtuales de discos, donde tres de los astros caídos en 2016, Leonard Cohen, David Bowie y Prince, comparecen, sobrados todos ellos de motivos, para apuntalar su estrellato. Una persistencia de la memoria en versión pop que en el caso de David Bowie, fallecido en enero de 2016 a los 69 años, no solo surfea la estela de polvo lunar de su leyenda musical, sino que incorpora una jugosa derivada literaria en forma de libro. Y, más importante aún, en forma no de libro biográfico convenientemente propulsado por la gasolina post-mortem, sino de texto que ayuda a alumbrar a Bowie desde un ángulo diferente. Esto es: a partir todas aquellas lecturas que empezó a devorar desde que, siendo un adolescente, su hermano Terry le presentó formalmente a los escritores de la generación beat. «A veces siento que no soy una persona en absoluto, sino una colección de voces de otras personas», dejó dicho el autor de «Aladdin Sane». Ese mismo coro es el que ahora se reúne alrededor de «El club de lectura de David Bowie» (Blackie Books), libro que reconstruye la figura de David Bowie y hurga en su biografía a partir de sus lecturas de Orwell y Burgess, los únicos que repiten en la lista, y de clásicos como «El gatopardo», de Lam «Lolita», de N «A Sangre Fría», de C «Herzog», de B «El marino que perdió la gracia del mar», de M o «La conjura de los necios», de John Kennedy Toole. En realidad, todo esto ya era de dominio público desde que, en 2013, el propio Bowie publicó la lista de sus cien libros favoritos. Un inventario de referencias que su hijo, el cineasta Duncan Jones, ya transformó en una suerte de club de lectura en línea en 2018 y que el periodista John O’Connell utiliza ahora para trazar conexiones entre los libros y la vida y el trabajo del músico británico. La historia de una pasión, deletreada al pie de la letra y trazando un arco narrativo que va de «Chico negro», de Richard Wright, a «The Age of American Unreason», de Susan Jacoby. Fuera de órbita Otra obsesión bien diferente, la que le llevó a ver en el cine hasta la extenuación «2001. Una odisea en el espacio», está detrás de uno de sus grandes hitos y del que muchos identifican como el kilómetro cero de su carrera: el pop ingrávido de «Space Oddity». Bowie proyectó su descalabro amoroso en la soledad hermética de los astronautas de Kubrick y acabó dando forma a su primer gran éxito, una canción que, como el álbum homónimo del que formaba parte, celebra este año sus bodas de 50 años de epopeyas galácticas y pop gaseoso. El año grande de la odisea lunar de Bowie ya arrancó en julio cuando, coincidiendo con el lanzamiento de «Space Oddity» y del alunizaje del Apolo XI, se puso en circulación una caja de singles remezclados por Tony Visconti, pero es ahora cuando echa el resto con la aparición de «Conversation Piece», un desbordante y a ratos abrumador disco-libro con cinco cedés y una docena de inéditos. Porque, ¿quién necesita una única versión de las aventuras del Major Tom pudiendo echarse a las orejas seis tomas diferentes? Para Warner, el sello que publica esta enésima antología, el gran hallazgo está en la nueva mezcla inmersiva y en formato 360 Reality Audio de su himno espacial, pero lo más interesante de este «Conversation Piece», además de la recuperación de este corte titular que acabó saltando de la grabación de 1969, está en descubrir casi paso a paso cómo Bowie se hizo a sí mismo antes de asaltar el estrellato. «Entre los detalles, encontrarás un David Bowie de 22 años que pronto tomaría el mundo por sorpresa», constata Visconti en el libreto. Detalles como las maquetas de regusto cabaret y guiños a los Kinks de «April’s Tooth Of Gold» y«Animal F las colaboraciones con el guitarrista John «Hutch» Hutc o las sesiones en la BBC en mayo de 1968, justo cuando aquel chaval de Brixton estaba a punto de convertirse en el alienígena mayor del pop. Prince - AFP Prince y el club de los rockeros muertos Como no hay dos sin tres, a las novedades de Leonard Cohen y David Bowie se suman también las de Prince, tercero en discordia que se cuela en las librerías con «Beautiful Ones», memorias que dejó a medias antes de morir y que el periodista Dan Piepenbring, un completo desconocido hasta anteayer, se ha encargado de terminar. O, mejor dicho, de recomponer, ya que ha transformado las 30 páginas manuscritas que dejó Prince en un relato en primera persona salpicado de fotografías, letras manuscritas y extractos de entrevistas de época. Un ejercicio de falsa autobiografía que permite deleitarse con la transformación de Prince Rogers Nelson en Prince a explora las complejas relaciones entre amor y sexualidad que el de Minneapolis buscaba con sus canciones y ahonda en unas raíces familiares algo diferentes a las que ya expuso en «Purple Rain». «Creo que estoy cambiando constantemente, porque oigo cómo cambia la música», puede leerse en uno de los muchos vaivenes de un libro con el que Prince sigue haciendo de las suyas desde el más allá.


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