Tuesday 16 December 2025
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eldiario - 1 month ago

En torno a una frase de MAR

No es un delincuente. Es un español que ha querido llegar a un acuerdo con Hacienda y Hacienda no se lo ha permitido”. Mediante esta contrariedad entre delincuencia y españolidad, la frase convoca una vez más el fantasma de la anti-España, una de las señas de identidad de nuestro trumpismo nacionalLa verdad, un obstáculo para el dogma En su reciente comparecencia como testigo ante el Tribunal Supremo, Miguel A ngel Rodr guez, jefe de gabinete de D az Ayuso, pronunci estas frases memorables: No es un delincuente. No es un defraudador. Es un espa ol que ha querido llegar a un acuerdo con Hacienda y Hacienda no se lo ha permitido . Se refer a a Alberto Gonz lez Amador, compa ero sentimental de la presidenta de Madrid, promotor de la denuncia contra el fiscal general e imputado, a su vez, por varios delitos contra la Hacienda p blica causa indisociable de la trampa judicial tendida a A lvaro Garc a Ortiz . Esta frase, como bien ha explicado Ignacio Escolar en este mismo diario, contiene una mentira flagrante. Pero dice tambi n algunas verdades sobre el perfil ideol gico de MAR y sobre la poca en que vivimos. La primera verdad salta a la vista: es la contenida en la oposici n entre delincuencia y espa olidad . No es un delincuente , dice MAR, es un espa ol , como si todos los delincuentes fueran extranjeros y, aun m s, como si ser espa ol fuese una garant a de honestidad, decencia y virginidad penal. Esta oposici n, se entender , implica un racimo de silogismos concomitantes: si s lo los extranjeros delinquen, el gobierno que impide negociar a un nativo espa ol, inocente por definici n, es un gobierno delictivo y, por lo tanto, extr o al rev s es un gobierno extranjero y, por lo tanto, delictivo. O por lo menos ileg timo. As que mediante esta contrariedad entre delincuencia y espa olidad la frase convoca una vez m s el fantasma de la anti-Espa a, una de las se as de identidad de nuestro trumpismo nacional. El tropo de MAR opera, pues, en varios niveles: como apolog a de Gonz lez Amador, como acusaci n a Garc a Ortiz, como denuncia del Gobierno mismo y, si se me apura, como advertencia: contra una izquierda que no es espa ola y que ha cometido el imperdonable delito de querer gobernar, viene a decir MAR, todo est permitido, incluso o sobre todo la mentira. Pero la declaraci n citada contiene otra verdad m s sutilmente amenazadora. Veamos. Ning n lector ignora lo que el propio MAR sabe: que se puede ser espa ol y cometer un y que se puede cometer un delito sin dejar de ser espa ol. Aun m s, se puede cometer un delito sin ser un delincuente. De hecho, esta sutileza es la que sostiene todo el armaz n del derecho penal democr tico. En castellano tenemos dos verbos cuya diferencia se expresa en otras lenguas por otras v as: ser y estar , con los que nombramos la distinci n entre una condici n y un estado o, si se prefiere, entre una identidad y una situaci n. Es verdad que la vida es un estado , pero dura lo suficiente como para que nos empe emos en introducir en ella el ser : estamos vivos, pero somos humanos. Ling sticamente tendemos a esencializar nuestras peripecias, para tratar as de detener la inestabilidad un poco angustiosa de la exis de ah que procuremos una y otra vez separar lo que nos define de lo que sencillamente nos ocurre. Se es espa ol y se est de pie o s se es alegre y se est hoy de mal humor. La ambig edad, sin embargo, es tan grande que el lenguaje coloquial muchas veces duda. Somos calvos o estamos calvos? Somos o estamos solteros? Por eso conviene mantenerse alerta y, en caso de vacilaci n, apostar siempre por los verbos de estado para recordar de ese modo la mutabilidad y perfectibilidad del ser humano. La diferencia entre la derecha y la izquierda tiene que ver tambi n con la inclinaci n mayor o menor a usar el verbo ser ; cabe decir que parte del malestar de la extrema derecha se fundamenta, en realidad, en su rechazo del verbo estar : se es o se est mujer? Se es o se est espa ol? Se es o se est pobre? En el caso del Derecho, esta apuesta por el verbo estar es crucial. La frase de MAR habr a sido excelente desde todos los puntos de vista si se hubiese formulado de esta manera: Gonz lez Amador no es un delincuente, es un hombre que ha cometido un delito . Extranjero o espa ol, nadie es un delincuente. Podr amos decir que estamos delincuentes en el acto de violar la ley, pero nunca antes o despu s del delito. Antes del delito no somos delincuentes porque no estamos predeterminados a del es la llamada presunci n de inocencia , una ficci n protectora que exige que nadie pueda ser prejuzgado en virtud de una condici n o identidad anterior o, valga decir, que obliga a presentar pruebas del delito, renunciando a valorar nuestros actos a partir de las cosas que somos (espa oles o chinos, blancos o negros, hombres o mujeres). Ahora bien, despu s del delito tampoco somos delincuentes porque, incluso si se prueba nuestra culpabilidad y se nos condena, la pena no est concebida, o no deber a estarlo, como castigo sino como v a de rehabilitaci n y reinserci n social: si no estoy condenado a cometer un primer delito, mi primer delito no me condena tampoco a reincidir (salvo porque muchas veces, como ocurre en EEUU, los tribunales y las c rceles est n pensadas precisamente para eso). Nadie es delincuente, ni siquiera a fuerza de reincidir. Es cierto que el castellano esencializa las profesiones ( soy escritor o soy soldador , como si uno estuviese, en efecto, soldado a su soplete) y no menos cierto que podr a ocurrir, por ejemplo, que un alunicero detenido muchas veces por la polic a acabe interiorizando con orgullo sus transgresiones al modo de un oficio, como es el caso del famoso Ni o Juan, arrestado ciento veinte veces y al que podemos imaginar imprimiendo una tarjeta en la que figure bajo su nombre su vocaci n: maestro alunicero . Pero incluso al Ni o Juan habr que concederle una oportunidad m s si es que queremos proteger nuestra inocencia de la arbitrariedad y la dictadura. No nos hagamos ilusiones: el Mal sin duda existe, m s entre los ricos que entre los aluniceros, pero el Derecho no se ha inventado para evitar o castigar el Mal (dos cosas imposibles) sino para proteger la normalidad. Y para eso para no acabar siendo v ctimas de un poder totalitario hay que tratar el Mal como si fuese tambi n l reparable. El Derecho entra a, s , un riesgo grande: el de dejar escapar a un malvado. Pero su abolici n entra a uno mucho mayor, pues sin l todos podemos ser tratados como malvados por igual. MAR, hombre inteligent simo que no da puntada sin hilo, sab a muy bien que la oposici n delincuencia/espa olidad ten a que formularse as , en t rminos esencialistas. No pod a decir Alberto no ha cometido ning n delito porque s lo ha cometido (seg n l mismo ha reconocido) y porque s cabe imaginarse a Alberto (o a cualquier otro) cometiendo un delito. Es m s dif cil imaginarse, en cambio, a un hombre blanco, joven, bien trajeado, rico, siendo un delincuente. Un consagrado imaginario clasista y racista, en efecto, asocia la delincuencia y el verbo ser con ciertos rasgos, ciertas etnias y cierta situaci n social: el Ni o Juan, por ejemplo, encaja mejor en ese rubro, como los inmigrantes o los musulmanes. En la frase de MAR todo concurre, pues, a este efecto ret rico: el de evocar un mundo en el que, haga lo que haga, un tipo como Gonz lez Amador no puede ser jam s un delincuente y en el que los que s lo son deben ser tratados sin derecho y sin compasi n, incluidos los miembros y partidarios del gobierno social-comunista de Pedro S nchez. As que por debajo de la mentira de MAR asoma al menos la puntita de algo a n m s peligroso para la democracia: la sombra del as llamado derecho penal del enemigo . Es lo propio de los reg menes dictatoriales. Es el modelo de Trump en el Caribe. De Netanyahu en Gaza. De Putin en Rusia. De Bukele en El Salvador. De Erdogan en Turqu a. Etc tera, etc tera, etc tera. En esa peque a, riqu sima frase de MAR est contenida, ay, la nueva Espa a y el nuevo mundo al que quiere conducirnos el trumpismo global.


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