Friday 13 December 2019
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abc - 26 days ago

Expoliadores del monte: «Los temporeros de la vendimia son los temporeros de las setas»

«Seta a la vista no crece ni pizca». Es el dicho que personifica Manuel Vera que no deja pasar un instante entre níscalo y boletus, que tanto abundan estos días otoñales en los pinares de Vinuesa, en la provincia de Soria. Este pueblo de menos de mil habitantes se «fugó» hace dos años de la agrupación Montes de Soria, donde una setentena de ayuntamientos se organiza para regular la recolección de setas y que el dinero recaudado por hacerlo revierta en la limpieza y acondicionamiento de los montes. Para los municipios prolijos en setas como Vinuesa y sus cinco vecinos de la comarca de Pinares-Urbión, «el dinero no llegaba» en la misma proporción de la riqueza que se encuentra en sus montes y constituyeron una comisión vecinal propia para exprimir al máximo su tesoro micológico. «Siempre ha sido una práctica beneficiosa para toda la comarca. La peculiaridad aquí es que la mayoría del monte es propiedad de los vecinos. Se corta madera, se vende y se reparte entre ellos. Es, incluso, una forma antigua de fomentar la repoblación, porque se presta un gran cuidado al monte para que revierta en provecho de las gentes», reseña el regidor local, Juan Ramón Soria. En otoño de 2017, la Junta de Castilla y León fijó en un Real Decreto las reglas de juego para la recolección del manjar que mueve miles de euros al año, aunque deja manga ancha para que cada coto de setas fije sus propias leyes y tarifas. Así se han establecido varias figuras o permisos municipales: los temporales para el foráneo, de dos días por 5-6 euros y limitación de cinco kilos por permisos residenciales para el censado, que les permite hacerlo gratuitamente y con otros topes (50 kilos); o permisos anuales o comerciales cuando el fin es lucrativo (previo pago de 10 euros), porque la «riqueza va de enero a diciembre», con las variedades de hongos de primavera, reivindica el alcalde de Vinuesa. Pero la finalidad última del Decreto y de establecer estas aduanas fue evitar las prácticas abusivas y combatir los «robos» perpetrados a los castellano-leoneses. Bandas organizadas de, sobre todo, nacionalidad rumana, aunque también húngaros, polacos y moldavos (especifican varios agentes forestales), arrasan los montes, pasan el rastrillo y destrozan el micelio de debajo de la tierra en los bosques y sus hifas o esporas, vital para la regeneración de los hongos. Porque el suelo forestal es, «paradójicamente mucho más rico si se cogen las setas», resalta el director de la cátedra de Micología de la Universidad de Valladolid, Juan Andrés Oria de Rueda, pero hay que «hacerlo bien, con criterio y amando la tierra, como patentan los locales». Para el profesor, no se perjudica solo a la naturaleza, se genera «un daño moral». Oria de Rueda describe las escenas, calcadas a las que encontramos en los montes de Vinuesa, que llegaron a atemorizar a algunos vecinos. «A medida que se disparó la afición micológica, también lo hicieron las mafias llegadas del este de Europa. Ha habido grandes problemas, incluso algún apuñalamiento y encontronazo en varios pueblos», dice Soria y asiente la alcaldesa de Quintanar de la Sierra (Burgos), Montserrat Ibáñez, que rememora una pelea en 2015 que acabó «a navajazos». Arrasan hasta las endrinas El «modus operandi» de estas bandas consiste en montar campamentos de personas hacinadas que a primera hora de la mañana despliegan a grupos de hasta 30 individuos en el monte y desvalijan cientos de kilos de níscalos, robellón, oronjas o boletus. Lo que haya. «Hay años que no había setas y arrasaron con las endrinas –dice Ibáñez–. Es catastrófico». «Dan miedo, dejan tiradas las botellas de vodka, hay incluso menores. Te presentas tú con tu familia en el monte a las 9.00 de la mañana y estás solo, con cuadrillas enteras destrozándolo todo», se amarga Manuel. A la suciedad provocada por su estancia, hay que añadir auténticos «basureros micológicos» creados en los montes de Castilla y León, confirma el profesor Oria de Rueda. «Son temporeros de la uva, la aceituna, que se han convertido en temporeros de las setas. Cogen decenas de kilos, las venden en un mercado alternativo y sacan mucho dinero», agrega el regidor visontino. Ese monto no se queda en los pueblos. «Son ladrones», evidencia. No se identifica la trazabilidad del producto y el transporte inadecuado causa, además, un efecto anaeróbico de falta de oxígeno por el que los hongos fermentan. Así, los efectos secundarios son un menor control sanitario (se producen entre 300 y 500 intoxicaciones al año por ingerir setas incomestibles) y un saqueo descontrolado al patrimonio forestal, muchas veces de propiedad local, como es el caso de este paraíso para los seteros que integran Salduero, Duruelos de la Sierra, Molinos de Duero, Montenegro de Cameros, Covaleda y Vinuesa. Los expoliadores de setas llegan en furgonetas –incluso, autobuses y camiones–, muchas veces procedentes de Francia de la temporada de la vendimia, recalan en la cabecera de la denominación de Origen de Ribera del Duero y en La Rioja, reseña José Antonio Vega, director técnico de la asociación Montes de Soria, y no solo vienen organizados de fuera, sino que muchos son «contratados por gente local» que «les explota y se queda con el dinero», denuncian varias asociaciones micológicas. El presidente de la de El Royo, Jorge Jiménez, explica que, con la norma regional, el Seprona de la Guardia Civil ha inmovilizado vehículos, decomisado la mercancía e impuesto muchas sanciones (hubo 5.000 denuncias en 7 años en Soria). Pero igual se ha vendido el producto –perecedero– por otros cauces. Incluso, subraya Pablo Casares, presidente de otra asociación de aficionados y biólogo, se ha detenido a una «primera cuadrilla de recolectores», enviados como avanzadilla, con 10 a 50 kilos, mientras aguardaban tráilers llenos de toneladas de setas. Es un pastel tentador: el boletus está a 50-70 euros el kilo. La oronja supera los 100. Muchos son los que apuntan ya que las bandas organizadas son contratadas por gente local más que por gente de fuera, que busca un cauce alternativo para colocar el producto perecedero sin los permisos oportunos Un ingrediente millonario El negocio es millonario y la afición, desmedida. Se calcula que en Europa unos diez millones de personas se desplazan cada año en busca de setas. España es una enorme potencia micológica, con una variedad de hasta 10.000 hongos diferentes, y la cultura micológica ha proliferado con más brío que los propios champiñones en los montes. Solo el alcalde de Vinuesa se atreve a dar cifras, algo que declinan en el resto de lugares preguntados. 15.000 euros se recaudan solo en permisos de esos micoturistas que llegan a la zona. Vega concreta que este año llevan 34.000 permisos entre los municipios sorianos agrupados. Castilla y León mueve alrededor de 65 millones de euros por los más de 300.000 turistas llegados (sobre todo de Cataluña, una de las regiones con más pasión por recolectar hongos) durante el otoño, antes de que el frío o la sequía devasten este manjar tan apreciado en la gastronomía. Hay campañas buenas, como 2012, 2014 y 2016, en las que se recogieron casi 50.000 toneladas de níscalos, robellones (o rebollón) y boletus en esta comunidad. Fuera de Soria, las provincias de León, Palencia y Burgos también tienen su parcela micológica muy sembrada. La regidora de Quintanar de la Sierra tiene listo ya el precepto para ordenar sus montes a partir de un canon. Quiere evitar los desperfectos en el monte y la picaresca, reitera. Y es que «las triquiñuelas para apropiarse del producto local están ahí. Hecha la ley, hecha la trampa», dice. Por su parte, en las comarcas leonesas de Bavia y el Bierzo, Casares subraya que el saqueo no representa tanto problema. «Aquí no se premia la cantidad, como en Soria, sino el número de personas que peinan el monte», desgrana. Se conceden 150 permisos a residentes al año y pueden dar rienda suelta a su pasión en un terreno acotado de unas 7.000-8.000 hectáreas. Sin más restricción. El único límite, dicen él y el resto de aficionados, es que quien ama el monte y su patrimonio, no lo maltrata. ICAL El efecto «atávico y biosaludable» de la pasión por los hongos El bosque busca quien le quiera. Reacciona, si se cogen las setas se obtienen más, porque el monte siente que si se olvidan de él, no merece la pena brotar y se entrega al olvido. Parece una broma, pero es más valioso recoger setas que dejarlas vagar. La teoría la patenta el director de la cátedra de Micología en el campus de Palencia de la Universidad de Valladolid, Juan Andrés Oria de Rueda. Cómo no, está en el monte palentino mientras conversa con este diario. Oria lleva treinta años al frente de los estudios universitarios y paladea con gusto la conversación micológica. «Hemos hecho estudios en municipios donde los médicos rurales no eran necesarios porque la gente que come y busca setas no enferma. Son saludables. Los farmacéuticos de esos lugares se quejan de que no venden». Su encendida defensa va más allá. La búsqueda y recolección de hongos en el campo es una terapia antiestrés, relajante, psicológicamente beneficiosa. Es la micoterapia.


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