Friday 13 December 2019
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abc - 26 days ago

Columnistas: plumas que crean opinión pública

Una noche, a mediados del siglo pasado, Julio Camba se encontraba solo en la redacción tras el cierre. De repente, entró por la puerta un tipo muy perjudicado, lleno de vendajes, que parecía estar pidiendo pista hacia el otro mundo, y se presentó con voz cavernosa: -Yo soy el muerto de anoche. Tras ofrecerle asiento en el sillón más confortable de la casa, el misterioso individuo le explicó que, tras una pelea tabernaria, quedó tan malherido que se le dio por finado, y el diario publicó la noticia. Urgía por tanto una rectificación. «Nada más justo», le contestó Camba. «Su familia puede haber leído en nuestro periódico la noticia de su muerte, y me parece muy natural que usted desee tranquilizarla». «No es eso precisamente -repuso el hombre-. Lo que pasa es que yo estoy empleado en la compañía del gas, y si ustedes me dan por muerto no faltará por ahí quien se eche a buscar influencias para cubrir mi baja...». El diario rectificó y la anécdota quedó reflejada en una deliciosa columna publicada en ABC el 26 de abril de 1953. «Julio Camba es modélico», opina Arcadi Espada, columnista de El Mundo. «Bajo un manto de ligereza que hace que el lector pueda fluir, sus textos son muy potentes y huyen del ensimismamiento y el amaneramiento, que son síntomas de decadencia. Le perjudicó el sambenito que le colgaron de ‘humorista’, pero para mí es un referente estructural». Camba no volvió a ver al muerto de anoche. Las fake news no son una creación de la era digital, desde errores no forzados a otros que son capaces de provocar guerras, como hicieron Hearst y Pulitzer y después tantos otros. Tampoco es nuevo el columnismo, uno de los géneros estrella de la prensa escrita, presente desde sus orígenes -ese protoperiodismo fantasioso del siglo XVI que daba fe de eventos cortesanos, o las gacetas del XVII usadas como medios propagandísticos por las monarquías europeas-. Pero es en el Siglo de las Luces y, sobre todo, en el XIX, con la consolidación de los medios de masas profesionalizados, cuando la prensa, y el columnismo como género, se refuerzan y empieza a cuajar el término de «cuarto poder». Periodismo literario Un columnismo de gran nivel por entonces, pues son escritores los que eligen la distancia corta como trabajo alimenticio (ahí están, por ejemplo, Baudelaire, Balzac -que, además, dejó escrito un ácido ensayo sobre el oficio-, Dickens, Whitman... En España, Larra y Mesonero Romanos -padres del artículo literario de costumbres-, Bécquer, Leopoldo Alas «Clarín», Galdós, Emilia Pardo Bazán, Carmen de Burgos...). Ciñéndonos al caso español, y según la historiadora María Cruz Seoane, la edad de oro de la «literatura del periódico» tiene lugar entre 1898 y 1936, cuando la prensa «está a extraordinaria altura en el aspecto intelectual y literario, porque se nutre en gran medida de las plumas de escritores e intelectuales en una época excepcional de la cultura española». Corpus Barga, Josep Pla, Víctor de la Serna, Sánchez Mazas, Pemán, González Ruano, Mariano de Cavia, Julio Camba... Pero el verdadero «boom» en nuestro país se produce durante la Transición. Hoy, los columnistas mantienen su estatus dentro de los medios (forman parte de los contenidos «premium»), muchos han dado el salto al mundo audiovisual como tertulianos y, en gran medida, su trabajo ha perdido poso literario -también ironía y humor, aunque hay excepciones- en favor de la intepretación del «relato» o la búsqueda de influencia. «Creo que el articulismo, término que prefiero al de columnismo, vive un momento potente y expansivo, si bien ahora es mucho más ideológico y político que literario», comenta Ignacio Camacho, firma diaria en ABC. «La política es lo que da temperatura a la prensa. Hay una transformación en la tradición periodística española, consecuencia del cambio en el papel de los medios en el debate público y de la nueva orientación en la demanda de los lectores. La opinión (columnas, artículos de fondo, editoriales, análisis, etcétera) ha sido siempre uno de los valores añadidos, si no el principal, de la prensa escrita. Su inclusión en los contenidos digitales ‘premium’ constata que ese factor no ha cambiado, aunque está por ver que el pago los contenidos cuaje en un modelo que se autolesionó de principio al instalar en el público la idea de la gratuidad». «Supongo que hay una industria de la opinión», señala Rosa Belmonte, cuyos textos se publican en varios diarios del grupo Vocento. «Cierto que la cosa está desbordada y que la mayoría de las opiniones son inanes y prescindibles. Pero sí es verdad que un periódico debe ser prescriptor para sus lectores, que quieren fiarse de alguien que le recomienda una película, un restaurante o una serie. La prescripción también está en el columnismo: no en que te digan lo que tienes que pensar, aunque haya quien se reconforta cuando le reafirman en sus creencias, sino en querer leer a alguien por la razón que sea. Pero es de gente razonable quitar importancia a lo que uno hace. Para Manuel Alcántara, lo más importante del periodismo eran las entrevistas y los reportajes, no los artículos de opinión». Arcadi Espada tiene una particular teoría sobre la crisis de la prensa desde el punto de vista del columnismo. «Antes, el 90 por 100 de la gente que compraba los periódicos no los leía, simplemente pasaba las pá ahora, para colmo, esa posibilidad se ofrece gratis. El 10 por 100 restante se paraba a leer columnas y reportajes, y lo sigue haciendo si le das facilidades técnicas. Si eso será suficiente para mantener el negocio, no lo sé. Las exclusivas, por desgracia, tienen un escaso valor económico, pues Google y el mundo tuitero ya se encargan de replicar los titulares. Las columnas, por ahora, no participan de ese gigantesco streaming, y son apreciadas por el público que aún paga». Todo es opinión Para la escritora Elvira Lindo, fiel a su columna dominical en El País desde el albor de este siglo, «tal vez la crisis económica ha hecho crecer el número de columnistas en detrimento del puro periodismo, que es más caro. Esta cuestión es grave porque los columnistas somos mejores cuando nos alimentamos de la noticia o del reportaje. Si nos dedicamos a coleguear o a polemizar entre nosotros contribuimos a crear un universo cerrado y estéril. La columna es una parte del periodismo, y ahora hay un exceso de opinión, todo es opinión. En España está muy ligada a la personalidad de quien escribe, por eso entiendo que hay que tener el ego contenido. No todo el mundo lo consigue. Yo procuro plantearme la columna como un relato para llevar al lector al final del viaje sin que se me escape». Otros colegas no son tan optimistas sobre el estado actual del género en la prensa española. «No percibo una buena salud, en general, aunque hay excepciones», opina Xosé Luis Barreiro, una de las firmas de La Voz de Galicia. «El columnismo está demasiado pegado a las ideas correctas, acabamos diciendo lo que se espera que digamos. Deberíamos romper más con la corrección política». «Hay overbooking», añade gráficamente Alberto García Reyes, habitual en ABC de Sevilla y cuyos textos también se publican en la edición nacional. «Y hay opinadores de oído, del clic, que no dan el nivel, que son ramplones. Paradójicamente conviven con algunos de los mejores de siempre». Beneficioso contraste «Antes los columnistas llamaban más la atención porque no había tantos y eran las estrellas del periódico», añade Elvira Lindo. «Ahora todo el mundo escribe columnas. Incluso hay periodistas que informan con un tono más de columna que de periodismo. Y los hay muy aburridos porque no saben que la columna es algo que se lee en lo que dura un café». El escritor y crítico literario Juan Manuel de Prada, cuyos artículos pueden leerse en ABC y en XL Semanal (suplemento dominical de Vocento), se muestra contundente: «No hay un lector pausado, sino esquemático y rudimentario, que quiere contenidos netos. El usuario de internet simplemente picotea. Decía Ruano que la gente que lee una crónica con más avidez es la que ha estado ahí y necesita contrastar su punto de vista con el del periodista. Pero en estos tiempos de pensamiento industrial se busca más la aquiescencia que el contraste. Así, prolifera la columna de impacto, más ruidosa y chillona, que sufre la interferencia de las tertulias y la pérdida de la vocación literaria. Necesitamos ver las cosas en carne y hueso, más allá de la opinión del ese es el éxito del escritor». El tertuliano como espécimen no está en peligro de extinción. Las radios y televisiones llenan horas y horas de su programación con charlas cuya tradición nos conduce a los míticos cafés del Prado, Pombo, Comercial o Gijón, por citar los más famosos de la Villa y Corte, donde se debatía de letras y de la hora de España (la que correspondiera en cada momento, aunque nunca faltaba material). Aquellas tertulias no se retransmitían. Ahora, en una especie de comisión de servicios, aparcando por un rato la soledad, la introspección y el folio en blanco del viejo oficio, los columnistas acaban convirtiéndose en voces y rostros mediáticos: más accesibles al elogio o al vituperio del respetable. «El fenómeno de las tertulias contribuye peligrosamente a transformar el género de opinión en espectáculo», dice Ignacio Camacho, habitual en la Cope y en TVE. «Es inevitable en la medida en que los audiovisuales son decisivos en el mapa de medios y en la conformación de la opinión pública, pero tiene esa vertiente trivializadora y, además, ha instalado en la audiencia la idea del alineamiento de los periodistas en bloques ideológicos. Reclamo la independencia de criterio: las tertulias no pueden reproducir ni suplantar los esquemas de los debates del Parlamento». Rosa Belmonte, tertuliana en Onda Cero, reconoce sufrir «eso que Diderot llamó L’esprit de l’escalier (el ingenio de la escalera). Es decir, que se me ocurre la respuesta ingeniosa cuando ya es demasiado tarde. Prefiero escribir. Tampoco es que la tertulia, sobre todo en televisión, sea algo muy serio, precisamente porque es televisión y ya no hay programas como La clave o Apostrophes. Es un espectáculo y La Sexta Noche no es más serio que Sálvame. Y encima es menos divertido e innovador. Pierre Bourdieu señaló en Sobre la televisión que los de la tele son debates verdaderamente falsos o falsamente verdaderos, que el temor a aburrir contribuye a otorgar prioridad al combate sobre el debate, a la polémica sobre la dialéctica». Saber de todo «Los lenguajes escrito y oral son muy diferentes», apunta Alberto García Reyes, que acude de forma esporádica a las tertulias. «Como tertuliano, te están manejando y te pueden llevar a un terreno en el que no sabes moverte. Y eso me incomoda». «No dependes de ti mismo», corrobora Xosé Luis Barreiro. «El modelo actual exige más frivolidad. Lo cierto es que se podía intentar que fuera un poco más serio». Juan Manuel de Prada matiza entre los diferentes soportes: «En la radio hay más remanso. La televisión es imposible. Abunda el lenguaje zafio para un público básico. Se sirve de personas que lanzan consignas burdas, con lenguaje mazorral. Los periódicos se equivocan cuando fichan perfiles como estos». Escenarios posibles: ser pillado en un renuncio, oficiar de sabelotodo o reconocer lagunas. «Estamos obligados a saber de lo que escribimos en una columna u opinamos en las tertulias. Cultivar esa intelectualidad periódica forma parte de nuestro trabajo», concluye Arcadi Espada. En algunos programas existe la posibilidad de feedback con el público, con el consecuente peligro de los zascas. Nada comparable a lo que suele suceder en las redes sociales, campos de minas donde no todos se aventuran. Restar importancia «Procuro protegerme para no dejarme llevar por la ansiedad que provoca la reacción de los lectores, sea ésta buena o insultante», comenta Elvira Lindo, que acredita 250.000 seguidores en Twitter. «No quiero que me perturbe o me influya. En Twitter tengo presencia con mis artículos, pero jamás opino o respondo. En Facebook dejo a la gente opinar a sus anchas, pero si alguien se sale del tono de la buena educación, bloqueo sin remordimiento. Los propios medios deberíamos darle menos importancia a ese universo reactivo y centrarnos en hacer bien nuestro trabajo». Rosa Belmonte es más de silenciar que de bloquear a los trolls. «Salvo en algunas ocasiones, no soy un saco de boxeo. Solo estoy en Twitter y sabiendo que somos cuatro gatos y que no hay que darle demasiada importancia. En mi perfil tengo una cita de La vida amarga, de Josep Pla, que me parece la esencia de todo lo que escribo: ‘‘¿Habla en serio o en broma? ¿Hay alguna diferencia?’’». El peso de la política (a menudo monotema) y el tono solemne marcan -con algunas excepciones- el columnismo español de estos tiempos. «Más politiquilla y rifirrafe que otra cosa», matiza De Prada. «Es lo que hay», añade Barreiro, «y a la política solo le resisten los deportes y los pasatiempos». Para Elvira Lindo, «los políticos están irritando a los electores y es posible que los columnistas acabemos con la paciencia de los lectores si no abrimos nuestra mirada. Un periódico ha de aspirar a contener el mundo en toda su complejidad. La pregunta es si lo estamos haciendo. Falta humor y sobra burla y mala leche». Julio CambaReferentes históricos «De algún modo, todos los articulistas actuales somos, aun sin pretenderlo, hijos putativos de Umbral», confiesa Ignacio Camacho. «A mí me influyó también Pedro Rodríguez, el inventor de la moderna crónica de opinión política en España. Y Alcántara, aunque su estilo irónico y literario sea inalcanzable. De los actuales, leo a casi todos y de casi todos aprendo algo». Alberto García Reyes cita a Camba, Chaves Nogales, Ruano y Mariano de Cavia. Juan Manuel de Prada admira a José María Pemán, «que tenía una personalidad especial, nada sectaria, además de ser un poeta y un pensador excepcional». De Umbral destaca «su brillo, pero no su profundidad». Xosé Luis Barreiro cita a Anson, Ussía («aunque estemos a enorme distancia ideológica») y Fernando Ónega. De los viejos maestros, Elvira Lindo señala a Chaves Nogales, Camba, Pla y Josefina Carabias. «Disfruté y aprendí mucho con las columnas de Lázaro Carreter, que era humorístico y compasivo con los fallos que cometemos en los medios». También menciona a Fernán Gómez, Onetti («que sabía aunar la calidad literaria con la ligereza»), Umbral, Néstor Luján («una persona cultísima, con mucha gracia»), y Maruja Torres y su «tono gamberro». Rosa Belmonte va «al lugar común»: Camba. También Azorín y Ruano. Y Alvite. ¿De los nuevos? Arcadi Espada da una clave: «La gente no se fija tanto en los que nombras como en los que no nombras. Mejor dejarlo así».


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