Friday 13 December 2019
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abc - 26 days ago

Crítica de la tercera entrega de «The Crown»: Medios, oportunidad y talento

El guionista Peter Morgan se acercó por vez primera a la corona inglesa en 2006 con la estupenda película «The Queen», que narraba algo más que los sucesos posteriores a la muerte de Diana de Gales. El suceso ocurrió en París casi una década antes, en una noche larguísima y muy recordada en las redacciones. Stephen Frears dirigió la cinta, protagonizada por Helen Mirren, que ganó el Oscar sin despeinarse. Los encuentros entre la Reina y sus primeros ministros pisaron también la escena londinense con «The audience», de nuevo con Mirren aferrada al trono, del que no cayó ni en la mudanza de la obra a Broadway. Morgan, adicto a hurgar en las vidas de grandes personajes (Enrique VIII, Nixon, las hermanas Bolena, Idi Amin, Freddie Mercury…), regresó diez años más tarde a Buckingham en busca del pasado completo de Isabel II, a cuya biografía apenas había dado unos pocos mordiscos. Así nació «The Crown», en su día la serie más cara de la historia y la verdadera joya de la corona de Netflix, pese a la popularidad mundial de títulos como «Narcos», «Stranger things» y «La casa de papel». ¿Qué tiene «The Crown» para ser tan brillante? Todo, sencillamente. Música, fotografía, vestuario, interpretaciones… Es probable que hasta el catering del rodaje fuera excelente. El primer acierto fue la ambición de partida: seis temporadas de diez capítulos, sesenta horas de la mejor televisión posible, recomendable además para todos los públicos, algo infrecuente. A estas alturas casi todo el mundo interesado en «The Crown» habrá visto las dos primeras temporadas. Quien no lo haya hecho se equivoca, pero será difícil convencer a los reacios, aunque esta monumental serie histórica gusta también a los menos aficionados a este género. La tercera temporada empieza por resolver el cambio de actores, transición por lo general traumática, con una naturalidad pasmosa. Todos añoramos a Vanessa Kirby como Princesa Margarita, pero nombre a nombre la última alineación es aún mejor que las anteriores. Si ser ajena a los libros de Historia, «The Crown» se suele centrar en los pequeños momentos sin testigos, con tal poder de convicción que no importa saber que esos diálogos son necesariamente inventados, empezando por las «audiencias» entre el primer ministro (esta vez Wilson) y la Reina. Es curioso, la verosimilitud se tambalea en una escena en la redacción del «Mirror», cuando uno de sus redactores lee en alto su propio artículo, jaleado por los compañeros. Si el resto es así de falso (créanme que esto lo es), el drama se viene abajo. Pero llega la escena siguiente y volvemos a creer en los Reyes Magos. El acierto definitivo de la serie es encontrar el alma de cada personaje, confrontar sus obligaciones y sus sueños, los conflictos (inventados o no) de Isabel II con su hermana, con su marido, con la increíble suegra, con su hijo Carlos... En cada uno de ellos, a cuál mejor interpretado, Morgan encuentra un resquicio de humanidad que los hace cercanos, mientras narra algún suceso más o menos conocido. Les da a todos quince minutos, y muchos más, no ya de fama warholiana, sino de verdadera gloria. El punto de vista no es menos esencial. Al igual que algunos colegios religiosos son fábricas de ateos, «The Crown» convierte en monárquicos a algunos republicanos mientras ilumina para los acérrimos, sin estridencias, los defectos de la institución. El enfoque es siempre inteligente, mesurado y rara vez tendencioso o maniqueo. Isabel es un témpano, en lo bueno y en lo malo. Su frialdad hiela a los suyos, pero salva al país. Su escasa vocación para el cargo que anhelaba su hermana (según Morgan) la capacita aún más para dignificarlo. Una vez más, «se non è vero, è ben trovato». Si no es verdad, está bien «tirado».


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