Wednesday 24 April 2019
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abc - 1 month ago

Medio siglo de Matisse en el Pompidou Málaga

La conmemoración del 150 aniversario del nacimiento de Henri Matisse (1869-1954) tiene su primera entrega en esta exposición del Centre Pompidou Málaga, «avanzadilla» de la que llegará a la sede parisina de esta institución a comienzos del año próximo (nació el 31 de diciembre). La muestra, por encima de centrarse en un momento concreto de la fecunda trayectoria de Matisse, proyecta una imagen de conjunto a través de medio centenar de piezas realizadas desde 1900. Pero, sobre todo, se busca mostrar al artista como un creador en continua experimentación y cuestionamiento de los medios que tanto como un generador de nuevas soluciones, como sus trascendentales papeles pintados y recortados que aparecen a finales de los treinta y que, debido a la convalecencia de su grave intervención quirúrgica en 1941, que le postraría durante años, adquirirían protagonismo en los cuarenta y se convertirían en la base de ambiciosas intervenciones murales y ejercicios que bien pudieran recibir la consideración de «obra de arte total» (gesamtkunstwerk), como la Capilla del Rosario de Vence (vidrieras, pintura mural, ropa litúrgica...), inaugurada en 1951. De este modo, asistimos a la amplitud de disciplinas que desarrolla Matisse y -lo que es más importante- al continuo trasvase y diálogo entre ellas. Curiosidad y búsqueda Sobre esa continua experimentación; sobre la pasión y curiosidad que despierta el proceso cr sobre la ilusión que genera lo desconocido o por aco sobre los retos a los que se enfrenta, se asientan el sentido y el título de esta muestra. En 1927, Matisse afirma: «Tengo varios cuadros en marcha. Siento la curiosidad que suscita un país nuevo». Lo dice alguien que emprendió una continua búsqueda por numerosos países, incluido España en un viaje en 1910 junto a Francisco Iturrino, del sentido de lo decorativo y de cierta noción de «lo oriental». Ciertamente, las obras arrojan la continua experimentación matisseana, tal vez sin la radicalidad de otros episodios y actores de la vanguardia, con la fe de nunca perder el carácter sensorial y hedonista de la obra que asegurase el vínculo con el receptor. En parte porque la suya no fue una furia anicónica en pos del concepto, sino una furia expresionista en pos de la sensualidad. Justamente, la exposición arranca con algunos valiosos ejemplos fovistas, en los que el color es enunciado de un modo fiero y desatendiendo la fidelidad para con el referente. No obstante, hay periodos en los que la simplicidad, el esquematismo y la economía de medios hacen que sus obras frisen la abstracción, pero, como ocurre con Picasso, el artista galo es consciente de que se trataría de un punto de no-retorno que conviene sortear. Ese afán curatorial por presentar la naturaleza expansiva e inquieta de Matisse, tanto como el desapego para con la explotación de unas fórmulas que le habían reportado el éxito -subyacen en esto autoexigencia y nomadismo-, se traslada a la puesta en escena. Esto es: sentimos el sistemático debate interno que tuvo Matisse en torno a la línea y el color, a su valoración por separado o en alianza. En ese cuestionamiento, la luz hace acto de aparición en los años veinte con su traslado a Niza. Otra disquisición que embarga al artista es la transmisión del sentimiento, para cuyo fin varía los procedimientos a lo largo de su carrera. También, el itinerario expositivo, marcado por lo cronológico, incide en elementos de diálogo y nuevos procedimientos, como son el arte africano y primitivo, la búsqueda de lo oriental, la aparición del factor lumínico y, muy especialmente, el uso de los papeles pintados y «dibujados con tijera». El relato se articula en seis secciones cronológicas que vienen, en mayor o menor medida, a converger con estos episodios trascendentales para la conformación de su producción. Palabras mayores La representación escultórica hace crecer enteros esta muestra. Por un lado, evidencia la deuda temprana con Rodin. Por otro, observamos cómo fija en lo volumétrico asuntos que le ocupan pictóricamente, como las bañ de hecho, se establecen diálogos entre figuras escultóricas y dibujos preparatorios para Lujo I (1907). Asimismo, algunas esculturas y pinturas evidencian el peso de la estatuaria y máscaras africanas, incluso su interés en documentos etnográficos, como se evidencia en Dos negras (1907), cita de una foto aparecida en una revista. Más allá de estos paralelismos iconográficos, la escultura fue una disciplina querida por Matisse, si bien siempre eclipsada por su pintura. En su continua reflexión teórica en torno a la creación, irrumpe en numerosas ocasiones. Lo hará cuando empiece a trabajar los papeles pintados y recortados. Matisse alberga cierta analogía entre su «dibujo con tijeras» y lo escultórico: «Recortar desgarrando los colores me recuerda la talla directa de los escultores. Este libro -se refiere a Jazz, editado en 1947- ha sido concebido con este espíritu». Y entre tanto, vamos viajando «de país en país», de obra en obra, sumidos en la intensidad y problemáticas de piezas icónicas como Mujer argelina (1909), Odalisca con pantalón rojo (1921) o el portentoso Gran interior rojo (1948). Detalle de «Gran interior rojo», cuadro fechado en la primavera de 1948Henri Matisse Un país nuevo. Centro Pompidou Málaga. Pasaje Doctor Carrillo Casaux, s/n. Comisaria: Aurélie Verdier. Hasta el 9 de junio.


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