Wednesday 24 April 2019
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abc - 1 month ago

Los tatuajes que enorgullecían a Don Juan de Borbón

Era el mes de junio de 1993. Luis Mollá estaba terminando su curso de piloto naval en la Base de Rota y como tantas mañanas se dirigió con su amigo Eduardo Vila a almorzar a la residencia de oficiales como tantas mañanas, pero aquel día fue muy distinto. «Para nuestra sorpresa, sentados en la barra del bar, encontramos a dos marineros de alto copete enzarzados en animada discusión: Su Alteza Real don Juan de Borbón , abuelo de nuestro rey Felipe, y Cristóbal Colón de Carvajal y Maroto, que acababa de ascender a contraalmirante», relata el capitán de navío de la Armada en su última obra, «Eso no estaba escrito en mi libro de historia de la navegación» (Almuzara, 2019). Al ver Colón de Carvajal a su amigo Eduardo, a quien había tenido a sus órdenes años antes, cuando era comandante del Buque Escuela Juan Sebastián Elcano, les llamó a ambos a su presencia y les invitó «a una copa, de lo que no tardamos en descubrir que era ginebra pura y dura (costumbre marinera de tiempos antiguos)». Así fue como Mollá entró a participar «como convivado de piedra» en aquel debate entre los dos lobos de mar sobre cuál era el lugar más complicado del mundo para la navegación a vela. «Mientras el conde de Barcelona defendía que no había zona más hostil a la vela que los alrededores del cabo de Hornos, el duque de Veragua replicaba que el otrora llamado cabo de las Tormentas, hoy de Buena Esperanza, era el sitio donde el diablo más azuzaba los vientos en contra de los marinos», prosigue Mollá. Parecía que la discusión no iba a llegar a ningún puerto, pero Colón de Carvajal «tuvo la mala idea de mencionar, en tono sarcástico, que las pocas o muchas veces que don Juan había cruzado el cabo de Hornos, lo había hecho en el sentido dulce de la marcha, o sea del Pacífico al Atlántico». Aquel comentario «bastó para que don Juan asentara sus grandes pies sobre el suelo, se remangara los brazos y mostrara orgulloso los tatuajes que dejaban patente que lo había hecho en el sentido más peligroso y meritorio», recuerda este marino, que coincide con Don Juan en que el cabo de Hornos es el más peligroso de todos. «Pasarlo del Pacífico al Atlántico es un juego de niños pero al revés, del Atlántico al Pacífico, es sumamente complicado por el viento, tan duro», explica a ABC mientras describe la hazaña que supone recordando al almirante inglés George Anson, que trató de cruzarlo con cinco barcos y después de intentarlo durante meses y perder cerca de 500 hombres por el escorbuto, se vio obligado a renunciar. «Don Juan lucía tatuajes en ambos brazos, señal de que se había ganado el derecho tanto de marinero como de oficial», prosigue Mollá antes de explicar que los marineros se hacían dibujar el tatuaje en el brazo izquierdo y los oficiales en el derecho. Según explicó el abuelo de Felipe VI en una entrevista con Pilar Trenas, se tatuó sus dos dragones (uno chino y otro indio) en 1932, durante su formación en la Royal Navy. El navegante que consumaba la hazaña de doblar Hornos se ganaba además el derecho de lucir un arete en la oreja izquierda (en la derecha si era el cabo de Buena Esperanza y si llevaba dos en la izquierda y uno en la derecha es que se había dado la vuelta al mundo). Don Juan no ostentaba aretes, pero sí podía mostrar que había viajado como tantos hombres valientes a los confines de la tierra y, sobre todo, había logrado regresar. No como los 644 tripulantes del San Telmo , que no consiguieron doblar el cabo de Hornos en 1819. Mollá recuerda que el 2 de septiembre se cumplirán 200 años del último avistamiento del navío, en 62º Sur y 70º Oeste. Dos meses después, el navegante británico William Smith daba cuenta en Lima del descubrimiento de un continente nuevo y blanco al sur de Hornos. «Era el primero que ponía allí los pies, pero ya había sido avistado por los españoles en 1603», subraya Mollá. Smith encontró en aquel territorio helado los restos de un desarbolado navío español, muy probablemente el San Telmo, pero las autoridades británicas le ordenaron guardar silencio para arrogarse el descubrimiento. «A los 644 desgraciados del San Telmo les cabría la gloria de haber sido los descubridores de la Antártida», afirma el autor de este compendio de relatos de la historia de la navegación que también reclama que deje de llamarse el paso de Drake al trozo de mar entre el cabo de Hornos y las islas Shetland del Sur. «El primero que lo atravesó fue el español Francisco de Hoces. Por eso en la cartografía española se conoce el lugar como el mar de Hoces. Hay que hacerle justicia porque España estuvo antes», destaca el autor del blog «El sextante del comandante». Mollá no ha cruzado nunca el cabo de Hornos, pero si lo hiciera «probablemente también» cumpliría con la tradición y se pondría un tatuaje como don Juan en recuerdo de tan difícil proeza. Las «pelotas de granizo del tamaño de una aceituna» se suman en esas latitudes a un viento endemoniado que arrastra a los barcos de vela al sur. «Por eso don Juan estaba tan orgulloso y por eso nos lo dijo con tanto ímpetu», sostiene. Misterios del mar Hablar con este hombre de mar es sumergirse en un sinfín de historias sobre grandes navegantes, buques míticos, tesoros sumergidos y trágicos naufragios, como el del Reina Regente que desapareció durante un fuerte temporal en aguas de Cádiz en 1895 con 372 marinos y 40 jóvenes aprendices de la escuela de artillería. Nunca se ha podido encontrar. «Es uno de los misterios que engrandecen al mar. Hemos llegado a todas las cimas, a la Luna, a Marte, pero allí abajo Neptuno sigue siendo el rey», afirma Mollá. Él mismo buscó los restos del Reina Regente hace unos años, en un barco que Paul Allen, el cofundador de Microsoft, ofreció a la Armada para tal fin. «En la embocadura del Estrecho hay muchísima corriente», explica mientras relata que solo pudieron confirmar que uno de los tres barcos que yacen en el lugar donde se cree que fue a parar no era el Reina Regente. De aquella desgracia no quedaron testigos, pero sí un superviviente. Un perro fue recogido por un crucero inglés que participó en la búsqueda y en cuanto el barco fondeó en Bonanza saltó al agua para ganar a nado la costa y se presentó en la casa de su dueño, un oficial del Reina Regente. Para buscar el patrimonio español sumergido en aguas de todo el mundo, Mollá plantea la creación de una flota multiministerial y la puesta en marcha de iniciativas de financiación como la venta de monedas antiguas con certificado de autenticidad para financiar expediciones. «Es una manera de recaudar dinero y de difundir la cultura», a juicio de este marino y escritor, que ya se puso en práctica con las monedas de plata de Stalin rescatadas del buque John Barry, hundido durante la Segunda Guerra Mundial frente a Omán con un secreto en la bodega número dos aún por descubrir. «Ahora tenemos un montón de monedas del caso Odyssey que no sabemos qué hacer con ellas. Guardadas para nada. Se podría cambiar la ley para venderlas con certificado de autenticidad y, además de lograr financiación, sería otra forma de divulgar la cultura», defiende este experto a quien se le abren las carnes al pensar que solo en el litoral atlántico andaluz hay más de mil pecios y empresas de cazatesoros están al acecho. «El mar ha sido todo para España», un país «que llegó a dominar cuatro mares al mismo tiempo», con un legado cultural y una historia «que por lo menos hay que divulgar» y que no siempre se ha defendido con firmeza, a juicio de Mollá. Como en el caso del galeón San José , hundido por un ataque inglés en aguas que hoy pertenecen a Colombia, en el que «no se está peleando lo suficiente». En cambio, sobre la supuesta campana de la nao Santa María que tanto dio de qué hablar al salir a subasta en Barcelona en 2002 y ser reclamada por el Gobierno portugués, reconoce albergar «muchas dudas» sobre su autenticidad. «Aunque su historia es fascinante», apostilla, como la del bergantín fantasma Mary Celeste, la de la llave olvidada del Titanic, la del gato Sam o la del hundimiento del Lusitania y tantas otras que componen «Eso no estaba en mi libro de historia de la navegación». Juan Sebastián Elcano«A Magallanes se le ha atribuido su mérito. ¿Y a Elcano, qué?» Luis Mollá, reinvindica en el libro la figura del vasco Juan Sebastián Elcano, «un tipo sobrio» cuyo nombre «es para escribirlo en letras de oro en la historia de la Navegación» al culminar la Primera Vuelta al Mundo, cumpliendo además con el encargo del Rey al regresar con 60 toneladas de clavo. Aunque «el concepto era puramente español, así como la financiación, las naves, las cartas...», el también autor de la novela «La flota de las especias», no está de acuerdo con que esta gesta fuera exclusivamente española, porque de los 265 hombres que partieron en la expedición, un centenar eran extranjeros. «La primera vuelta al mundo fue una idea universal», considera. El objetivo no era dar la vuelta al mundo, recuerda, sino ir a la especiería. Para ello, la expedición se pone en manos de Fernando de Magallanes porque «ya ha estado allí» y «nos interesa precisamente que sea portugués», según el capitán de navío, porque los portugueses llevaban tiempo navegando a la especiería y tenían experiencia en preparar una expedición tan larga. No así los españoles, muy experimentados en viajes a América, pero no a la especiería. «Magallanes lo hace muy bien, pero una vez que salen a la mar, poco a poco se va haciendo pequeño. Comete cuatro errores graves y el cuarto y último le ocasiona la muerte en Mactán (Filipinas)», relata Mollá. El ocaso de Magallanes, continúa el marino, «es la salida de otro astro que es Elcano, al que la vida le pone en un brete y cumple, navega en unos mares desconocidos y consigue doblar el cabo de las Tormentas en una nave maltrecha, con hombres exhaustos y sin alimentos». «A Magallanes se le ha atribuido su mérito», continúa el experto recordando el estrecho que lleva su nombre, las Nubes de Magallanes o la sonda Magallanes que orbitó el planeta Venus. «Y Elcano, qué? Nada», subraya Mollá, que reivindica su figura para que «por lo menos los españoles le hagamos los honores, sin detrimento de Magallanes» ya que ambos fueron «suplementarios».


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