Sunday 16 December 2018
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abc - 26 days ago

Nada que llevarse a la boca

Secuencia. Después de que el ministro Ábalos lanzase el globo sonda para celebrar elecciones generales en mayo, Pedro Sánchez admite que si no pueden aprobar los presupuestos, «la legislatura se ve acortada». La reacción de distintos barones socialistas al experimento de unificar comicios -por miedo a que Sánchez erosione su campaña- es de rechazo frontal, mientras se suceden rumores y filtraciones sobre una supuesta desbandada de ministros a partir de enero: Grande-Marlaska hacia Madrid, Nadia Calviño hacia la Comisión Europea, Josep Borrell hacia Estrasburgo… Podemos aprieta y se pone en guardia de precampaña por la debilidad de Sánchez, y ya no hay indicios de que el separatismo catalán vaya a sostener artificialmente a Sánchez porque un compromiso etéreo a favor de los indultos hoy no les garantiza nada mañana. Continúa la secuencia. El único acuerdo alcanzado entre PSOE y PP queda dinamitado, en un ejercicio de dignidad personal que algún día la justicia, a izquierda y derecha de Manuel Marchena, deberá agradecerle porque desde ayer queda en deuda con él. Con su inopinada renuncia a presidir el CGPJ y el Tribunal Supremo, Marchena ha sentado un precedente de un valor democrático incalculable. Fin de la secuencia. Todo resulta tan líquido -palabras de Ábalos-, tan volátil y tan endeble en nuestra arquitectura política, que nada parece tener vocación de durabilidad. Todo agoniza al ritmo de un vaivén provisional en el que cada gesto político caduca en cuestión de horas porque nada soporta un escrutinio sensato. A nuestra política le falta perspectiva y le sobra soberbia en su afán partitocrático de creer controlarlo todo a capricho y a distancia. Por eso, en medio de la convulsión permanente, especular con un adelanto electoral carece de sentido porque ni siquiera Sánchez conoce aún cuándo convocará las urnas. España está aprendiendo a convivir en el alambre de la volatilidad política, en la incertidumbre a corto plazo, y en un relativismo institucional que empieza a ser alarmante cuando, por primera vez, un candidato de consenso a presidir el Poder Judicial se despide prematuramente, harto del injusto manoseo de su figura y trayectoria. Con cierta indolencia y resignación, España se adapta a una democracia ciclotímica y errática, repleta de instituciones disminuidas y con su crédito viciado y bajo mínimos. Con el prestigio del Poder Judicial hecho añicos, con el Legislativo forzando la voluntad real de las urnas, y con el Ejecutivo en permanente pose de selfie con dedo pulgar y morritos, lo «líquido» es lo de menos. Lo de más, que no hay nada sólido que llevarse a la boca.

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