Sunday 16 December 2018
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abc - 27 days ago

«Profesora, ¿puedo llorar en castellano?»

«Antes de nada quiero dejar claro que me amparo en mi libertad de expresión, derecho protegido y garantizado en la Constitución Española, y que mi voluntad en todo momento es la de que mis críticas sean constructivas y sirvan para mejorar el actual sistema educativo». Lourdes Palma Jiménez, maestra con estudios de Derecho y un máster en Economía, es una de las pocas docentes en activo en Cataluña que se atreve a denunciar a cara descubierta lo que denuncia que es un «acoso de los “lobbies ” nacionalistas de la enseñanza». Esta andaluza de 50 años, que se autodefine como barcelonesa, gaditana y constitucionalista, accede a relatar en primera persona los «episodios de hostigamiento» que ha vivido desde que empezó a dar clases en Cataluña, en el año 2000, por «combatir la falta de neutralidad ideológica en la escuela», defender principios constitucionales y denunciar la exclusión del castellano en las aulas. Habla, dice, desde la tranquilidad que le da «hacer bien» su trabajo y su testimonio da voz a otros muchos profesionales de la enseñanza díscolos con el procés que, según afirma, no se atreven a pronunciarse y «transigen con las imposiciones de los que sí utilizan las aulas para hacer política». Ésta es su experiencia de ocho años: «Me sentí diferente desde el primer día que pisé la escuela catalana, a comienzos de 2000. Me destinaron a un colegio situado en las afueras de Barcelona y pronto me di cuenta de que mi inserción en el mundo educativo no sería fácil.? «¡Qué asco la Constitución!» «Los problemas empezaron cuando un día, en mis horas libres, me paseaba por las instalaciones con una Constitución española porque estaba cursando segundo de Derecho y aprovechaba para estudiar, y un profesor compañero mío me dijo: «¿Qué es esto?». Yo le contesté: la Constitución española, a lo que me respondió «¡Qué asco!», «¿Cómo puedes leer esto?». Muchos, por desconocimiento, rechazan la Constitución como si fuera un texto dictatorial cuando en realidad es un texto democrático. En ese momento ya me pusieron la cruz. Empezaron a hacerme el vacío los maestros afines a la causa nacionalista. Llegaba y dejaban de susurrar, me sentía señalada y a mi paso todo eran miradas de complicidad. Esa actitud sostenida en el tiempo es acoso y yo, efectivamente, me sentía acosada. Ahora, analizando estas situaciones que viví me pregunto: ¿Cómo pretenden combatir el acoso escolar cuando son ellos mismos los que lo ejercen?». «Si no te gusta, vetex» De esta escuela pasé a otra porque no me confirmaron mi plaza de interina. Allí viví otro episodio para olvidar cuando la responsable del aula de acogida de alumnado, me dijo en un momento de una discusión que manteníamos: «Si no te gusta Cataluña, vete. Andaluces como tú nos sobran». Fue muy desagradable. «¿Cómo pretenden combatir el acoso escolar cuando son ellos mismos los que lo ejercen?» Mi relación con los responsables de la dirección del centro también se tensó cuando propuse que en el colegio se diera más castellano. Solo les dije que en este centro no se cumplían con los mínimos de esta lengua que estipula la ley. Planteé la cuestión ante el departamento y todos se dieron cobertura para eludir responsabilidades. Decidieron castigarme cambiándome de área. Yo suelo impartir matemáticas y me dijeron que a partir de ahora daría clases de lengua castellana.Lo plantearon como un castigo pero para mí fue un regalo. «Andaluza de mierda» Mi trato con la directora del colegio fue distante e incluso un día al pasar por su despacho oí: “Esta andaluza de mierda..”. No lo permití. Fui hacia ella y le dije que no solo me insultaba a mi sino a mi pueblo. El departamento le dio cobertura calificando sus expresiones de desafortunadas. Ella lo negó. Fueron ataques personales muy desagradables que intento olvidar. Por suerte, he tenido directivos con los que he mantenido muy buen trato, e incluso con algunos mantengo una relación de amistad pese a ya no trabajar juntos. Los episodios desagradables han sido puntuales pero no por ello voy a privarme de explicarlos. Sobre todo, porque sé que los están sufriendo tres de cada cinco profesores que no apoyan la causa nacionalista y no se atreven a denunciarlo. Algunos, incluso, simulan ser independentistas para no ser excluidos del grupo. Los disgustos no acabaron en este centro. En otro, situado en la ciudad Barcelona, en el que trabajé en 2014 viví también momentos de tensión con el equipo directivo y el resto de compañeros al negarme a estar en la escuela durante el referéndum ilegal del 9-N. «Van a por ti a navaja» Ladirectora me llamó y me pidió si podía estar en las instalaciones ese día. Le dije que no porque ese referéndum era ilegal y había sido invalidado por el Tribunal Constitucional. Empezó otra vez la exclusión. Otro compañero mío que quitó una estelada del centro también fue hostigado y a mi me marcaron por defenderlo. Los profesores que le acosaban le abrieron un falso expediente. Van a por ti a navaja y se inventan lo que sea para desacreditarte. Con la simbología política en los centros también he sido muy beligerante porque debemos garantizar la neutralidad política en estos recintos y proteger así a los niños, que son sujetos de derecho. Por esa razón, me negué el 2 de octubre de 2017, un día después del referéndum ilegal, a mantener un minuto de silencio y mis alumnos se quedaron en clase. Esa actitud me ha costado muchos disgutos. En el tema del castellano, ha pasado lo mismo. La inmersión niega a los niños un derecho garantizado en el Art 3 de la Constitución, el de ser escolarizado en su lengua materna. En estos años he vivido situaciones preocupantes. Es el caso de un niño sordomudo, hijo de padres castellanohablantes, al que aplicaron la inmersión. Me duele pensar que si lo hubiera escolarizado en castellano sus resultados hubieran sido mejores. No es el único caso, una vez un niño castellanohablante vino hacia mí y me soltó: «Vengo a a usted a llorar en castellano». Me dio mucha pena. En ningún momento me he sentido víctima porque he tenido la valentía de defenderme y todo esto me ha hecho más fuerte. No quiero callar porque cuando un maestro no alza la voz en situaciones o tratos graves se hace autor por omisión y a mí me han enseñado a combatir la injusticia.

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