Saturday 15 December 2018
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abc - 27 days ago

Así fue el primer golpe de Estado en la historia de España: el bastardo que asaltó Madrid desde Barcelona

En los años finales de los Austrias españoles, que coincidieron con los últimos años del siglo XVII, la dinastía fingió durante un tiempo normalidad y robustez. La misma normalidad y robustez que faltaba a raudales en un imperio dirigido por un Rey Hechizado y dominado varios años por un golpista, el hijo que Felipe IV había tenido con una actriz. Desde la unión dinástica de los Reyes Católicos, hubo golpes palaciegos, e incluso envenenamientos de rivales, pero nada tan parecido en España a un asonada moderna como la lanzada por Don Juan José de Austria en 1677. De una corrala madrileño regresó Felipe IV, aficionado al sexo anónimo, con su más ilustre bastardo, un retoño «de la tierra» (la forma en que se inscribían en el libro de bautizados a los hijos de padres desconocidos) que sería conocido a la postre como Don Juan José de Austria. Este hijo de una actriz llamada María Inés Calderón fue criarlo en un ambiente cortesano y, pronto, desarrolló habilidades como jinete y espadachín, siendo la mejor opción que se iniciara en la carrera eclesiástica. Su espíritu guerrero, sin embargo, descartó esta opción y, al menos durante un tiempo, se pensó que el joven podría emular al héroe de la batalla de Lepanto de mismo nombre en cuanto a hazañas militares. Una mala copia del héroe de Lepanto Desde 1647, el joven ejerció como máximo responsable de las armas marítimas del Imperio español. Su intervención apagando ese mismo año una revuelta en Nápoles, auspiciada por Francia, le otorgó prestigio dentro de un imperio en descomposición, que anhelaba de forma desesperada la llegada de nuevos héroes. Como reconocimiento de sus méritos, Felipe IV nombró a Don Juan nuevo virrey de Sicilia, donde también tuvo que hacer frente a las interferencias francesas. La fortuna también se mantuvo del lado de Don Juan José en el sitio de Barcelona de 1652, que puso fin a la Rebelión de Cataluña. No llegaron sus primeros reveses militares hasta su estancia como Gobernador de Flandes. A pesar de obtener algunos éxitos de renombre, como el levantamiento del cerco de Valenciennes (1656), que produjo en Europa «uno de aquellos estremecimientos que solía dar España en tiempos más afortunados», Don Juan no pudo evitar la catastrófica pérdida de Dunkerque dos años después. El Austria tuvo el deshonor de dirigir a los españoles en la batalla de las Dunas, la derrota que marcó el final de la hegemonía militar del Imperio español. A pesar de ello, el Monarca volvió a otorgar a su hijo el mando en otro frente complicado: la guerra por recuperar Portugal. Allí, las fuerzas portuguesas destrozaron, en 1663, al ejército castellano en la batalla del Ameixial, sufriendo más de 10.000 bajas contra solo 1.000 de los vencedores portugueses. La guerra de restauración portuguesa vivió con esa hecatombe española su último coletazo y destrozó de paso el prestigio militar de Don Juan José de Austria. A la muerte de su padre en 1665, Don Juan José de Austria se centró en cuestiones meramente políticas. Se conjuró para arrebatar la regencia a la Reina Mariana, madre del enfermizo Carlos II, aprovechando la hostilidad que generaba Juan Everardo Nithard, hombre fuerte de Mariana de Austria, entre la aristocracia. Aprovechando la ambigüedad del testamento de Felipe IV, Nithard contestó a las amenazas de Don Juan señalándole la puerta de salida de la Corte e insistiéndole en que aceptara la oferta para casarse con la hermana del Duque d’Enghien, candidato a la sucesión del trono de Polonia. A la Reina la idea de catapultar a cientos de kilómetros al «usurpador» le pareció deliciosa, pero la boda nunca llegó a celebrarse. A la muerte de su padre en 1665, Don Juan José de Austria se conjuró para arrebatar la regencia a la Reina Mariana, madre del enfermizo Carlos II Finalmente, la Reina madre ofreció al hermanastro del Rey un puesto militar lejos de la Corte. Él fingió aceptarlo con gratitud, pero en realidad se instaló en Guadalajara para atraer a su entorno a los miembros de la Junta que habían sido excluidos con la regencia de Mariana. Con la ayuda de su secretario, Francisco Fabro Bremundán, Don Juan usó la Gaceta de Madrid, el primer periódico de información general que surgió en España, para acrecentar la mala reputación de Nithard y de la Reina. En 1668, el hermanastro del Rey tuvo que abandonar Castilla al ser acusado de un presunto complot contra Nithard. Un aragonés de oscuro pasado fue arrestado por intentar envenenar a Nithard, pese a lo cual no se pudo celebrar juicio alguno al aparecer ahorcado en su celda. La Reina ordenó sin éxito prender a Don Juan José y buscó la forma de relacionarle con aquel intento de asesinato. Valenzuela, un duro hueso de roer Refugiado en Cataluña, Don Juan José marchó hacia Madrid al frente de una escolta de 300 caballeros, un número de hombres que aumentó conforme la comitiva se aproximaba a su destino. Como si fuera Aníbal a las puertas de Roma, el hijo bastardo de Felipe IV no se atrevió a atacar la capital cuando se alzó delante de él, conformándose con presionar a la Reina madre para que, al menos, reemplazara a Nithard por Fernando de Valenzuela. La regente accedió al cambio por miedo a que alguien atentara contra su vida, no porque la presencia del pequeño ejército de Don Juan José fuera una amenaza. Don Juan José había vencido y humillado a la Reina con su marcha sobre Madrid, pero cometió un error de cálculos: Valenzuela resultó una piedra más rocosa que su predecesor. Conocido como «el Duende de Palacio», Valenzuela procedía de una familia de hidalgos originarios de Ronda. El rápido ascenso político de este aventurero inculto y populista estuvo repleto de oscuros episodios. Una vez a la derecha de la regente, Valenzuela modificó el ambiente monasterial, impuesto por Nithard, sustituyéndolo por un tono más festivo. Con Don Juan José aún lejos del poder, Carlos II fue proclamado mayor de edad el 6 de noviembre de 1674. La Junta de Gobierno se disolvió y la regente fue liberada de sus responsabilidades. Comenzaba aquí una nueva guerra por ganar la voluntad del soberano: hechizar al hechizado. Por lo pronto, al Rey le daba igual que otros mandaran por él. No asistiría a las sesiones de los consejos ni despacharía los asuntos con los ministros. Si alguien le consultaba algo se abstraía mirando de reojo el reloj. De hecho, la documentación oficial presentaba su firma en facsímil, lo que significaba que no supervisaba él los textos directamente. Para aumentar lo trácico (y a la vez cómico) del reinado, Carlos II hirió por accidente a Valenzuela con un tiro desviado durante una jornada de caza. El resistente noble salvó la vida e incluso ganó a cambio la grandeza de España. De hecho, el enfermizo niño mantuvo en el cargo a Fernando de Valenzuela dos años más, a pesar de la intensa oposición de Don Juan José, que desde Zaragoza recabó más apoyos en las sombras. En 1676, un grupo de 24 nobles castellanos exigieron a través de un memorial la salida del valido por tener secuestrado al Rey. Los nobles recomendaban a Don Juan José como sustituto de Valenzuela, al que la muchedumbre amenazó de muerte y cercó alrededor del Alcázar. «He resuelto ordenaros vengáis sin dilación alguna a asistir en tan grande peso», reclamó Carlos II a su medio hermano cuando la situación se encontraba fuera de control De forma urgente, la Reina madre formó un gobierno provisional y trasladó al valido a El Escorial en un intento desesperado por salvar su posición. Al no conseguir acceder al cargo, la alta nobleza castellana y aragonesa ayudaron al hermanastro del Rey a organizar una suerte de golpe de Estado desde Barcelona, uno de los episodios más estrambóticos del periodo imperial. «He resuelto ordenaros vengáis sin dilación alguna a asistir en tan grande peso», reclamó Carlos II a su medio hermano cuando la situación se encontraba fuera de control. Uno de los pocos nobles que habían permanecido hasta entonces de parte de Mariana, el Duque de Medinaceli, cambió de bando por esas fechas y se llevó al Rey al Palacio del Buen Retiro. Quiso reinar y murió Don Juan José de Austria marchó sobre Madrid al frente de 15.000 soldados, entró con hombres armados en el Palacio Real, recluyó a la Reina madre en el Alcázar y permitió que varios nobles asaltaran El Monasterio de El Escorial a la caza de Valenzuela. El haber violado el asilo eclesiástico devino en un conflicto entre la Corona y la Santa Sede, lo que jugó a favor de que Valenzuela salvara la cabeza y sufriera una condena menor: ser desterrado en Filipinas por diez años. Pasado ese tiempo, el valido trató de regresar a España, pero finalmente terminó sus días en Nueva España viviendo modestamente. Se tiene por cierto que el todopoderoso valido murió de una coz propinada por uno de los caballos que cuidaba para ganarse la vida. Don Juan José accedió al poder en medio del clamor popular. Sin embargo, la situación internacional dilapidó en poco tiempo la popularidad del hermanastro del Rey. En 1673, Don Juan José se unió a la Alianza de la Haya, junto a Inglaterra, Holanda y el Imperio, dando comienzo un nuevo conflicto con Francia. Los Países Bajos españoles no pudieron contener las acometidas francesas, del mismo modo que la frontera catalana apenas logró defenderse. El caudillo reaccionó destituyendo a sus ministros, procedentes de la aristocracia y la milicia, y reprimiendo duramente a los críticos. Por su parte, el Rey Carlos vivió en una suerte de prisión sin rejas de hierro. El Monarca estaba día y noche vigilado, y su hermano supervisaba su correspondencia y sus audiencias. El hijo natural de Felipe IV ordenó, además, la reclusión de Mariana en la antigua ciudad imperial de Toledo. No quería que nadie, y menos la madre, influyeran sobre la endeble voluntad del Monarca. Los pésimos resultados de la alianza y tres malas cosechas en Castilla, de 1677 a 1679, convirtieron de golpe al querido hermanastro en el «usurpador» que decía Mariana. Un nutrido sector de la nobleza se organizó en Toledo para liberar a la Reina Madre, de cuya jaula de oro tal vez nunca hubiera salido de no ser por la muerte natural de Don Juan José, a los 50 años, en 1679. La extraña y fulminante enfermedad que mató al valido dio lugar a especular sobre si había sido algún tipo de veneno el culpable. Sin esperar a la misa de difuntos por su hermanastro, Carlos II fue a refugiarse a las faldas de su madre en Toledo.

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