Sunday 16 December 2018
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abc - 29 days ago

Julia Navarro: «En España hay un prejuicio elitista hacia los libros que se venden»

Julia Navarro (Madrid, 1953) camufla su timidez con seguridad. O, al menos, así lo perciben sus interlocutores, situados siempre a una distancia prudencial, la suficiente para que la escritora no se sienta expuesta. Los focos no le gustan. Y se nota. Por eso disfruta del anonimato que le brinda el paseo que compartimos, a mediodía de un día cualquiera de este otoño tan austero, por el Madrid de los Austrias, su Madrid. En él se crió, en una casa cercana al Real Monasterio de la Encarnación, y en él ha decidido ubicar parte de la acción de su última novela, «Tú no matarás» (Plaza Janés), la séptima de su carrera y la primera en la que su vida, de algún modo, está presente. Los recuerdos de su infancia se agolpan en la conversación, sin dejar de caminar. Como aquel día que, creyéndose Mary Poppins y paraguas en mano, casi se rompe la crisma en la Plaza de la Marina Española. Menos mal que su madre, siempre al quite de su única hija, evitó la desgracia. O todos los cumpleaños que celebró, a finales de julio, de la mano de su abuela materna, viendo licuarse la sangre de San Pantaleón. No es nostálgica, pero el tiempo pesa, y pasa. «Ya nadie se casa para tanto tiempo», asegura, cuando le muestro un recorte de ABC, fechado en abril de 1983, que da cuenta de su enlace con el periodista Fermín Bocos. Sus raíces, también con él, están en este barrio castizo, ahora amenazado por el turismo masivo y la falta de civismo. Aunque ella lo sigue disfrutando. Como disfruta del roscón de Reyes de La Santiaguesa o de esas tardes invernales de fin de semana cuando, a solas, es capaz de verse, del tirón, «Lo que el viento se llevó» o «Casablanca». Su memoria es prodigiosa. En cada calle, una anécdota. Así, hasta llegar a la Taberna del Alabardero, uno de sus restaurantes favoritos (y eso que es rigurosa vegetariana desde hace años) y donde nuestro encuentro culmina en una charla repaso de toda una vida. Me gustaría empezar por su etapa de periodista, que recordara aquel día en el que, de pronto, se vio haciendo información en el Congreso de los Diputados. Entré con las primeras Cortes democráticas, en 1977. Todo era nuevo. Estábamos todos empezando una nueva etapa. No eras consciente de la dimensión histórica de lo que se estaba poniendo en marcha. Entrar en el Parlamento a mí me impresionó muchísimo. Recuerdo aquel primer día con cara de pasmo. Recuerdo mucho aquel día a un compañero, Raimundo Castro. Íbamos los dos con una cara como de inseguridad... Porque era el inicio de una nueva época. Ese primer día fue antes de comenzar la legislatura, cuando ibas a acreditarte. Pero el día más bonito fue cuando se abrieron las puertas y, de repente, te encontrabas a la Pasionaria por un pasillo, al presidente del Gobierno, Suárez, por otro, a Felipe González (fue testigo del enlace de la escritora con Fermín Bocos, el 16 de abril de 1983) por otro, a Carrillo por otro. En aquel momento, todos lo vivíamos como un acontecimiento realmente excepcional. ¿Cómo eran los políticos de entonces, en el trato? Todos somos hijos de nuestro tiempo y de nuestras circunstancias. Hoy vivimos en una sociedad democrática, donde las relaciones entre el periodismo y los políticos son las que deben ser en cualquier país democrático. En aquel momento, todos estábamos empezando, todo era nuevo para todo el mundo, y en el Congreso había muy pocos periodistas acreditados, con lo cual fue una especie de aprendizaje todos los días. Era una relación bastante fluida. Recuerdo la cantidad de cafés que me he tomado con Adolfo Suárez en el bar de las Cortes, los dos fumando compulsivamente. Y era algo normal... Ahora, es más fácil tomarse algo con ellos cuando están en la oposición, pero cuando pasan al Gobierno, la relación cambia. Recuerdo un momento concreto, determinado... No soy nada nostálgica. ¿No es nostálgica? No, en absoluto. No pienso que cualquier tiempo pasado fue mejor, que antes se hacían las cosas mejor y ahora peor. No, era diferente porque el contexto político social era diferente. Todos los días pasaba algo que era importante. Fue un periodo germinal de la historia de España. Fue estupendo poder contarlo. ¿Tenían la seguridad de que aquello iba a llegar a buen puerto? No. Nadie sabía lo que iba a pasar. Franco se acababa de morir, el Ejército de ahora no tiene nada que ver con el de antes… ¿Dónde le pilló el 23-F? En la tribuna del Congreso, fumándome un cigarrillo. Cuénteme. De repente, empezamos a oír ruido y unos Guardias Civiles empezaron a... Todo pasó muy rápido. Yo estaba sentada entre Miguel Ángel Aguilar, Pilar Narvión, Susana Olmo y Charito Zarzalejos. Y recuerdo una frase de Pilar Narvión -Pilar era maravillosa. Ella y Josefina Carabias nos protegían y cuidaban- diciéndonos a Susanita, a Charito y a mí: «Niñas, apuntad la hora. Fijaos bien. Es lo que los libros de historia dicen que es un golpe de Estado». Pilar, con una serenidad absoluta, dándonos una lección de periodismo. Nunca me olvidaré de esa frase. Y se aterró. Estábamos aterradas. Los Guardias Civiles entran, empiezan a dar tiros. Tejero, pistola en mano. Es un momento de shock, de absoluto shock. Pero siempre recordaré la tranquilidad y la serenidad de Pilar protegiéndonos y, además, diciéndonos: «No olvidéis que estáis aquí para contar lo que pasa». «Me parece una frivolidad que se hagan anuncios por Twitter de cosas importantes. No puedo opinar de todo cada dos segundos» ¿Cómo transcurrió la jornada? Fue una jornada muy dura, con mucho miedo, sin saber lo que iba a pasar, sin información de lo que había fuera, terror cuando se llevaron a Suárez, a Carrillo, a Gutiérrez Mellado, a Felipe... ¿Qué les va a pasar, qué va a suceder? Fue un día muy difícil. Luego, ¿cómo lo constó? Intentando seguir las recomendaciones de Pilar. ¿Qué sintió cuando por fin pudo salir a la calle? Pasé mucho miedo. Fui de las últimas en salir. Creo que fui la última en salir con Jordi García Candau. Iban echando a periodistas y les iban dejando salir, pero procuré quedarme hasta el final influida por aquella frase de Pilar. Salí tardísimo. Ya estaba el Congreso rodeado, ya estaban en el Palace los militares que entraban y salían. Me quedé hasta el final, todo lo que pude. Tiene que ser aterrador salir y pensar: «Nos pueden privar de esto que tanto ha costado conseguir». No sabías lo que iba a pasar. Estaba claro que era un golpe de Estado, pero nadie sabía el alcance de ese golpe de Estado. Y de todas las informaciones, aparte del 23-F, que le tocó cubrir, ¿cuál recuerda con más intensidad? La aprobación de la Constitución. ¿Por qué? Ese día estaba en la tribuna del Congreso y tuve que hacer un esfuerzo para que no se me saltaran las lágrimas. Era un momento emocionante, en el que se ponía un punto y aparte. Por fin. E iniciábamos un periodo con las herramientas para vivir en un Estado libre y democrático. Lo recuerdo con emoción. Ahora que la Constitución cumple 40 años, ¿cree que hemos cambiado mucho? Claro que hemos cambiado, y la España de hoy, afortunadamente, no es la España de ayer. Haber podido vivir estos últimos 40 años en un país democrático, con las libertades consolidadas, en el que todo mundo está en la Constitución, es algo de lo que nos podemos sentir satisfechos. ¿Y somos conscientes de eso? Creo que la gente sí. Cuando dice «la gente», yo no pienso en los políticos. Yo tampoco. Pienso en los ciudadanos normales y corrientes, sobre todo la gente que es más mayor. No estoy segura de que los políticos sean conscientes de la fragilidad de lo conseguido... No creo que sea frágil lo que hemos conseguido. ¿Por qué? Porque la libertad significa vivir en libertad. Es algo que todos hemos interiorizado y no estamos dispuestos a renunciar a eso. ¿Que hay problemas? Claro. ¿Que hay cosas que se pueden hacer mejor y que se podrían mejorar? Desde luego. ¿Que hay claroscuros? Pues también. Escuchar a gente decir, con la Historia que llevamos a cuestas, que en pleno 2018 hay presos políticos... es una frivolidad. Eso no se lo creen ni ellos. La mayoría de la gente, cuando oye esa afirmación, simplemente no se la cree. A la gente la puedes engañar un ratito... Pero hay una parte de la gente que... El nacionalismo es una emoción, no tiene nada que ver con la razón. Es increíble cómo personas inteligentes, sensatas y reflexivas de repente se dejan arrastrar por las emociones y dejan de racionalizar la realidad, dejan de analizar con distancia realmente lo que pasa... La mayoría de los ciudadanos españoles tienen muy claro que en España no hay presos políticos. Hay políticos presos, que es distinto. Sí. Porque han cometido una ilegalidad. Hay políticos presos porque han sido corruptos, porque han intentado subvertir el orden constitucional. Pero el problema no es que sean políticos, sino que han hecho algo que está penalizado en el Código Penal. Con la trayectoria periodística que tuvo... Al final parece que es una entrevista política… Parezco una política... No, no, pero no puedo resistirme a preguntarle qué piensa del momento político actual. Es un momento complicado que no se puede entender sin mirar lo que sucede alrededor. La crisis del 2008 fue brutal, dejó a millones de personas en todo el mundo sin un proyecto de vida y no tuvo una respuesta adecuada por parte de los partidos políticos tradicionales. De casi ningún Gobierno. Hablo globalmente. La gente se sintió absolutamente desatendida y vio cómo el Estado de bienestar, que se había construido con tanto sacrificio y ahínco, de repente, se resquebrajaba. Eso ha dado pie al auge de los nacionalismos, de los populismos, de derechas y de izquierdas. Y en España sucede como en el resto del mundo, no somos una isla. Entonces, no podemos entendernos a nosotros mismos si no es dentro del contexto de lo que les sucede a los demás. Es un momento difícil y delicado, pero no solamente en España. Me preocupa muchísimo qué va a pasar con la Unión Europea. «En España no hay presos políticos. Hay políticos presos corruptos o porque han intentado subvertir el orden constitucional» ¿A quién le gustaría entrevistar ahora de todo el arco político? ¿De España? No tengo especial interés. No lo digo como desprecio. Quizás, como están tan presentes los políticos, no tengo la sensación de que puedan decir algo diferente o algo nuevo. Ahora los comunicados se hacen vía Twitter. Me parece una frivolidad que a veces se hagan anuncios por Twitter de cosas importantes. Dando por hecho que todo el mundo mira Twitter. Como si todo el mundo estuviera enganchado a Twitter. Hay cosas que merecen ser explicadas con tiempo, serenidad, invitando a la gente a reflexionar. Esos paradigmas han cambiado. Ahora, también es verdad que no volvería a trabajar en periodismo, no me apetecería. Es una etapa de mi vida que he cerrado y ya está. Soy muy de cerrar puertas en esta vida. ¿En estos últimos veinte años no lo ha echado de menos? Sí, al principio. pero poco a poco la he ido superando. Qué pereza me daría. Ya no tengo edad, dando saltos por el Congreso. ¿Recuerda el día que se puso a escribir la que sería su primera novela? Sí, lo recuerdo perfectamente. Al subir de la playa, con mi hijo, encontré un obituario y aquello fue lo que saltó la chispa. Se me ocurrió en aquel enorme aburrimiento de aquel verano. Después de comer, me puse a escribir. ¿Lo había pensado alguna vez? Nunca, nunca. Nunca había pensado escribir una novela. La escribí («La hermandad de la Sábana Santa») divirtiéndome muchísimo y sin pensar en ningún momento que cuando la terminara la iba a publicar. Cuando la terminé, intenté que me la publicaran y me la publicaron. La sorpresa que nos llevamos todos es que se vendió. Se vendió muy bien... Ya, pero ni yo lo esperaba, ni la editorial, ni nadie. Se publicó sin ningún tipo de publicidad. Llegó a las librerías y la gente empezó a leerla. Siempre me ha parecido que es una solemne majadería eso de que alguien escribe un best seller. Alguien escribe, y punto. Alguien escribe un libro, y ese libro los lectores lo deciden comprar o no. Son los lectores los que deciden. Los libros son buenos o malos, independientemente de que se vendan mucho o poco. En nuestro país hay una especie de prejuicio, un poco elitista, que no comparto, de que cuando un libro se vende es sospechoso. Y ese libro nunca sale en los suplementos culturales... Eso es sospechoso, es una actitud de soberbia intelectual, de soberbia hacia los que compran el libro. Es decir, es la masa la que compra los libros. Los elegidos somos cuatrocientos, que somos los que realmente podemos degustar lo que tiene calidad, que no está al alcance del común de los mortales. Eso me aparece una actitud de una arrogancia insoportable, absolutamente insoportable. Piensa en cuántos escritores han escrito libros que se han vendido por millones, desde Umberto Eco a García Márquez. ¿Alguien pone en duda la calidad de «El nombre de la rosa»? Un libro se vende porque lo deciden los lectores. Hay algo que funciona. Hay libros buenísimos que no se venden y libros malísimos que tampoco se venden. ¿Por qué unos libros trascienden y otros no? Es un misterio. Esa arrogancia respecto a los libros que se venden a mí me deja pasmada. Además, es algo que sólo pasa en España. Desde luego, porque en los suplementos literarios de los países anglosajones no encuentras esa arrogancia a la hora de analizar o hacer crítica sobre un libro. ¿Hubo un momento en el que se sintió escritora? Nunca me he sentido nada. Empecé a sentirme bailarina, y no lo fui. Hice periodismo, pero de forma un poco agitada y alborotada, porque me tocó vivir una época que no me imaginaba. Llegué al periodismo de rebote y he llegado a escribir también de rebote. Hago mío ese poema de Cavafis: «He emprendido un largo viaje en la vida en el que todavía no sé cuál es mi destino, todavía lo estoy buscando y todavía no sé si llegaré». Pero me gustaría llegar a Ítaca. Es donde queremos llegar todos. Cada uno tiene su Ítaca particular, sus sueños... ¿Cuál es su Ítaca? Eso me lo reservo. Pero todos hemos soñado con un destino. ¿Ha cambiado mucho su vida? No, mi vida no ha cambiado. Sigo teniendo los mismos amigos, he incorporado a algunos, pero no muchos. Además, es muy amiga de sus amigos. Sí. No me puedo entender sin ellos. Claro que ha cambiado mi vida. Al principio, intenté poder compaginar el periodismo con la escritura. Era imposible, la salud no me daba. El periodismo y la literatura son, en el fondo, dos caminos paralelos: se trata de contar una historia. Ahora cuento historias largas que son fruto de la imaginación. ¿Cómo es un día normal en su vida? Me levanto muy pronto. Cuando compaginaba periodismo y libros me levantaba a las cuatro, porque luego tenía que ir a trabajar. ¿A qué hora se acostaba? Soy de biorritmos diurnos. Me levantaba a las cuatro, estaba escribiendo y luego me iba a trabajar. Ahora me sigo levantando temprano, a las seis. Entre las seis y las seis y media. Y se toma un café, claro. Claro. Ya no fumo, pero lo sigo echando de menos. Eso dicen todos los exfumadores. Sí, siempre. Lo primero es el café, desayunar, y luego... Se pone a escribir. Me pongo a escribir, me pongo a trabajar. Estoy escribiendo toda la mañana y cuando llevo cuatro o cinco horas hago un parón y me voy a caminar. Camino mucho. ¿Camina sola? Camino sola o camino con Argos, mi perro. Es el perro de mi hijo, pero, en el fondo, los perros de los hijos son los perros de los padres. Quiero hacer el Camino de Santiago, entonces estoy intentando coger suficiente forma. Se necesita fondo. Ya llego a los 19 o 20 kilómetros del tirón. El Camino de Santiago es como el camino a Ítaca. Es un viaje en el silencio. No quiero ir con nadie que me hable. Y, una vez que se mete en el proceso de escritura, ¿cómo es? Porque en todas sus novelas es muy importante la documentación... Primero, pienso qué quiero contar, cómo lo voy a contar. Voy cogiendo personajes, voy pensando en ellos. Siempre hay algo que es la chispa que salta, y a partir de ahí hay que empezar a engordar esa chispa. Entonces tardo, a lo mejor estoy meses pensando. Luego, ya en función de cómo voy pensando en qué quiero contar, voy buscando la documentación. ¿Qué novela lo cambió todo? «Dime quién soy». Mi vida cambió con esa novela, y siempre le estaré agradecida. ¿Quién es su primer lector? Mi marido. Es la prueba del algodón. Si Fermín me dijera: «Oye, esto no», yo no lo publicaría. ¿En algún momento se ha llevado mal con el éxito? No es fácil estar en el otro lado. Yo soy la que hacía las entrevistas. No siempre me siento cómoda. Me gustaría que escribir fuera como era hace un siglo. La gente escribía, daba su libro, lo publicaban y ya está. No le gusta la promoción. Tienes la parte positiva, que es el contacto con los lectores y con los libreros. Es una parte muy grata. Me interesa muchísimo saber qué opinan los lectores.Pero las promociones son siempre largas, de muchos meses, de muchos viajes... No me gusta la exposición. Me siento sobreexpuesta. No tiene Twitter, ni Facebook. No. Porque me siento incapaz de opinar sobre todas las cosas cada segundo. Ahora todos somos expertos en derecho constitucional y en energía nuclear. La Red es un espacio absolutamente mágico, que ha cambiado todos los paradigmas de la sociedad, que está ahí y que tiene muchísimas cosas, también negativas, como la banalización de todo. Todo el mundo, a los dos minutos de que pase algo, opina. No creo que mi opinión sea importante. Hablando de banalización, hace unos días leía un titular de una entrevista a un artista que decía: «Ser hombre hoy es vivir bajo sospecha». Es una banalización absoluta. Podemos hablar de lo que es vivir en riesgo. Siendo mujer. Y de lo que ha significado ser mujer a lo largo de los siglos. Entre ellos se peleaban por ver quién mandaba más. Luego estábamos nosotras, que éramos las esclavas. La historia de las mujeres no está contada. La historia, hasta el siglo XX, la han contado exclusivamente los hombres y las mujeres éramos una nota a pie de página. Y mire lo que han tenido que luchar las mujeres para poder ser escritoras. Aquí tenemos muchos ejemplos: Ana María Matute, Carmen Martín Gaite, Carmen Laforet... Por eso yo rechazo eso de «literatura femenina». Un libro es bueno o malo, lo haya escrito un hombre o una mujer. No hay literatura masculina, ni literatura femenina. Porque con la literatura femenina lo que se intenta es rebajar la categoría. A eso me niego. ¿Cree que hemos roto el famoso techo de cristal? Creo que sí. Hay pasos que se han dado que ya son irreversibles, y hay muchísimas mujeres que han tomado conciencia de que había que dar un paso adelante y que estamos hablando de cuestiones que tienen que ver con la dignidad de los seres humanos. Y eso nos afecta a todos por igual. El feminismo es una lucha por la dignidad, es una lucha por los derechos humanos. No puede ser que la mitad de la población no tenga los mismos derechos y las mismas oportunidades que la otra mitad. Les ha parecido normal haber vivido veinte siglos tranquilamente con eso. Creo que ese techo se ha roto y no hay marcha atrás. Julia Navarro, fotografiada en la Iglesia de San Ginés, en Madrid - JUAN MANUEL FERNÁNDEZ Largo camino de experiencia Por Juan Ángel Juristo Después de éxitos como «Díme quién soy» o «Dispara, yo ya estoy muerto», Julia Navarro (Madrid, 1953) ha publicado «Tú no matarás», con un tema similar, tanto en aquello que se cuenta como en aquello que actúa como metáfora de nuestro tiempo: cómo recuperar en parte nuestra humanidad perdida y sesgada por los acontecimientos tremendos del siglo pasado. Ni que decir tiene que la descripción de la Guerra Civil y sus consecuencias morales es parte del imaginario de nuestra autora y esta última novela bebe de esa fuente. Pero al igual que ocurre en novelas anteriores, a Julia Navarro le mueven los grandes espacios geográficos. En «Tú no matarás», por ejemplo, se relata la amistad entre Catalina y Eulogio, huidos de la Guerra Civil y Fernando, que es hijo de un republicano represaliado. Ese acercamiento se produce en vastos horizontes. El lector termina paseándose por Alejandría –ciudad que fascina sobremanera a Julia Navarro–, el París ocupado por las tropas alemanas, Praga... Por el modo que tiene en estructurar la narración, por la profusión de personajes que pueblan esta novela, diría que, desde luego, «Tú no matarás» es la más ambiciosa de todas sus novelas. Dividida en tres espacios geográficos –Madrid, Alejandría y París– y que, a la vez, como el juego de muñecas rusas, de cajas chinas, una historia que se cuenta se bifurca en otras. Julia Navarro ama los grandes frescos históricos y, desde luego, la literatura. En esta novela parece haberse desbordado en sus querencias, pues «Tú no matarás» es un homenaje a la literatura, al oficio noble de editor, todo ello resuelto en una profusión de diálogos sueltos, aparentemente sujetos al habla de la calle, pero nada fáciles de resolver en una novela, que hace del libro un vasto fresco a tono con aquellas grandes novelas del XIX, con su gusto por las grandes perspectivas y los tremendos problemas morales. «Tú no matarás» **** Julia Navarro. Plaza Janés, 2018. 850 páginas. 22,70 euros.

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