Tuesday 18 December 2018
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abc - 1 month ago

No volveré a Los Ángeles

California fue un invento de la geografía española del Renacimiento. Como en tantos casos, la imaginación humana llenó los vacíos en los mapas de aquella región del mundo. Donde no llegaba la experiencia de los navegantes españoles, o los cartógrafos europeos versados en los saberes grecorromanos no lograban develar los misterios de esos paisajes feroces y fronterizos, fabulaciones y mitos resolvían el problema. Las cartas geográficas no podían contener vacíos. La «terra incognita» era un peligro. Podía atraer piratas y corsarios extranjeros. O delatar cobardía y flaqueza personal al servicio del monarca. Aquella fue, por deducción interesada, la tierra de la reina Calafia, morena e imponente, una «amazona negra», según habían previsto «Las sergas de Esplandián» de Garci Rodríguez de Montalvo, publicadas en 1510. Es decir, 25 años antes de que el gran Hernán Cortés explorara, con la mirada puesta en el Pacífico y China, los dominios de la Nueva España que acababa de adquirir para Carlos I. Como ha señalado el investigador Salvador Bernabéu, hasta que el padre Kino no impuso en 1701, con suavidad y cordura, en los mapas y en la vida, la evidencia de que California no era una isla, sino una península, las ficciones continuaron. Ambas Californias, la Baja –mexicana– y la Alta –estadounidense–, formaron parte del mismo territorio, hasta 1846, cuando la república imperial con capital en Washington se apoderó, según costumbre, del territorio del vecino. Durante las décadas siguientes, la inmensidad continental y la lógica de frontera, reforzadas tras la mortífera guerra civil o de secesión terminada en 1865, cosieron los retazos. El Estado de California se convirtió en emporio de industria y servicios. Hasta inventó Hollywood, la máquina de convencer a los demás de que el «estilo de vida americano» existe y la esperanza triunfa. En este siglo XXI de cobardía e impostura, los californios –al menos la alcaldía de Los Ángeles, en cabeza de un señor de apellido irlandés que se proclama indígena, O’Farrell, junto a una señora de apellido Solís, o sea que de nativos poco– han pasado de defender su herencia hispana a tumbar las estatuas de Colón o San Junípero Serra. Que sería como si en Boston o Filadelfia derribaran las de «sus» padres fundadores, el mismísimo Washington, o el propio Jefferson. Ambos, por cierto, dueños de esclavos. Podría pensarse que el acto iconoclasta proviene de la ignorancia supina, pero es peor. Las políticas de la identidad están diluyendo en todo Occidente, desde los nefastos años sesenta, los cimientos de la civilidad. Sálvese el que pueda. No quedará nada común que defender. Por otra parte, resulta un delirio que en una urbe española fundada en 1781 embistan su pasado, como hicieron los talibanes con Budas milenarios y museos exquisitos. ¿Qué espera la Unesco para pronunciarse? ¿Para qué volver a una ciudad donde insultan el espíritu de la libertad humana, tan bien representado por Cristóbal Colón?

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