Saturday 15 December 2018
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abc - 28 days ago

Tras los pasos de Balthus, más allá del «pintor de gatos y perversas Lolitas»

El 18 de febrero de 2001, once días antes de cumplir los 93, fallecía Balthasar Klossowski de Rola, Balthus, en el Grand Chalet de Rossinière, en el cantón suizo de Vaud, morada durante los últimos 24 años de este pintor ermitaño -francés, de origen polaco y corazón suizo- con aspecto de viejo samurái. Le habían trasladado desde el hospital de Lausana, porque quería morir en ese paraíso perdido entre las montañas de su infancia en los Alpes suizos, donde fue feliz. Por la noche pidió que le llevaran al estudio. Se sentó en el desvencijado sillón donde había pasado tantas horas meditando, siempre con un pitillo en la boca, sobre la obra que estaba pintando, sobre el arte, sobre la vida, que se le escapaba. Ya apenas veía. «Hay que seguir», repetía como un mantra. Sabía que era el final. Quería por última vez oler los pigmentos, escuchar el ruido de la vieja estufa zumbona. A la mañana siguiente falleció. Lo cuenta su viuda, la condesa Setsuko, que, a sus 76 años, parece salida de otra época. Elegantemente ataviada con un precioso kimono (Balthus también los lucía), recibe afablemente en las puertas del Grand Chalet a un grupo de periodistas españoles que, de la mano del Museo Thyssen, viajamos hasta Rossinière siguiendo las huellas de Balthus. Con generosidad, Setsuko nos invita a que, antes de que oscureza, visitemos aún con luz el estudio de Balthus, un cobertizo anexo a la casa. Husmeamos a conciencia, como ávidos sabuesos, cada rincón de ese lugar sagrado. Ahí están sus paletas, pinceles, tubos de pintura, el viejo sillón, los caballetes, sus gafas, libros de arte, un paquete de cigarrillos, un cenicero aún con las colillas… Es como si el tiempo se hubiera detenido en este lugar tras la muerte del pintor. Setsuko lo conoció en 1962, cuando Balthus viajó a Japón, por orden de Malraux, para organizar una exposición. Ella tenía 20 años, él 54. Descendiente de una familia de samuráis, era estudiante de periodismo. La llama no tardó en prender. Recuerda de él su mirada feroz, penetrante, que la fulminaba cuando le interrumpía en el taller: «Era una línea roja que no podía atravesar. Contrastaba con la suavidad y dulzura con las que usaba el pincel». No se arrepiente de haber sacrificado su carrera (ella también es artista) por estar a su lado: «Era un genio». Una capilla en su honor En sus últimos años le ayudaba a mezclar los colores. Despacio, con delicadeza. Un acto que recuerda la ceremonia del té. Momento mágico que capturó Wim Wenders en un poético documental, «En el estudio de Balthus», que se proyecta en la Capilla Balthu s, un espacio dedicado a la memoria del pintor en el centro de Rossinière. A pocos metros, su tumba, muy sencilla. Junto a ella, una maceta de crisantemos. La lápida reza: «Balthus. Conde Balthasar Klossowski de Rola, 1908-2001». No hay epitafio alguno. Una placa recuerda que allí reposa el pintor y algunos de los honores que recibió a lo largo de su vida. Perfecta anfitriona, Setsuko ha preparado té y bizcochos, dispuestos sobre una mesa impecable. También escrutamos el interior del Grand Chalet, aunque la madera del suelo que cruje a nuestros pasos nos delata. Por allí ronda el mayordomo filipino, que antes había trabajado en Barcelona. Recorremos la biblioteca, el salón, un dormitorio, otro estudio, la cocina, donde hay, cómo no, un gato sobre la mesa... Algunas de sus obras inacabadas, un dibujo de Morandi, un retrato de Setsuko dedicado y firmado por Cartier-Bresson, figuras de arte oriental, un precioso guiñol, una foto con el Dalai Lama... conviven con dibujos de sus nietos. Es la casa familiar, pero también sede de la Fundación Balthus. Su hija Harumi, diseñadora de joyas, gestiona los derechos de autor de Balthus. Setsuko, la autentificación de sus obras. Proseguimos la charla con la condesa en un salón que aún conserva la chimenea original de azulejos. Nos dice que es el Salón Victor Hugo. Fue la habitación donde el escritor durmió cuando el Grand Chalet era hotel. Por allí también pasaron Voltaire, Goethe... Creado en el siglo XVIII como un lugar para conservar quesos, es el edificio de madera más grande de Suiza (27 por 19,5 metros). En su fachada, con 113 ventanas, hay 2.800 letras cinceladas con inscripciones. Balthus y Setsuko sentían que siempre les había pertenecido, que fue la casa la que los escogió a ellos. Parece un templo sintoísta de Japón. Pudo conseguirla gracias a un trueque con su galerista Pierre Matisse: le entregó varias pinturas y él la adquirió para Balthus, que tenía lazos afectivos con Suiza. Vivió en Berna y Ginebra, pasó los veranos en Beatenberg. Regresó por prescripción médica. Le venía bien el aire de las montañas. «Rossinière me ayuda a seguir adelante, a pintar. Es como si se hubiese instaado la paz. Todo invita al silencio», decía. Todas las casas donde vivió fueron nobles: el castillo de Chassy en el Morvan francés, el de Montecalvello, cerca de Viterbo (Italia); la Villa Médicis (fue d irector de la Academia de Francia en Roma de 1961 a 1977)... En esos años, en los que pintó poco, se esforzó por devolver el esplendor perdido al histórico edificio. ¿Ángel o demonio? ¿Ángel o demonio? ¿Y por qué no ambos? Tàpies hablaba del ángel Balthus en un artículo publicado con motivo de la gran retrospectiva que le dedicó el Museo Reina Sofía en 1996, pero también le han crucificado como un pedófilo depravado. Asceta y hombre de culto, refinado, salvaje, rebelde, transgresor, y muy rel altivo e insolente, con porte aristocrático, capaz de combinar en sus obras erotismo y candidez, seducción e inocencia. Pero, ante todo, belleza. Se le ha colgado el c liché de pintor de gatos y niñas. Tuvo hasta 30 gatos. Son un alter ego de Balthus. Siendo niño, perdió a Mitsou, su gatito, al que dedicó 40 estampas en un libro con prefacio de Rainer Maria Rilke, su mentor y confidente. El poeta era amante de su madre, Baladine. En «El Rey de los gatos» se autorretrata Balthus con Frightener, un felino con una fama temible. Como su dueño. En cuanto a sus sensuales y perversas Lolitas, se ha escrito tanto... Thérèse, Katia, Valérie, Sabine, Michelina, Colette... Hijas de vecinos o de empleados que trabajaban en su casa. Y Frédériqu e (su sobrina, modelo y amante, quien, a los 16 años, se fue a vivir con él al castillo de Chassy). Era la hija de Denise Tison, una viuda de guerra y miembro de la Resistencia francesa que se casó en 1947 con Pierre Klossowski, hermano de Balthus, tres años mayor que él. «Se ha dicho que mis niñas desvestidas son eróticas. Nunca las pinté con esa intención. No son Lolitas desvergonzadas. No es la visión erótica de un voyeur. Son ángeles. No han entendido mi trabajo, ven mi pintura perversa, turbia, equívoca. He querido acercarme al misterio de la infancia, pintar el secreto del alma», se lamentaba Balthus en sus memorias. El año pasado hubo una polémica en el Metropolitan de Nueva York con uno de esos «ángeles», «Thérèse soñando». Una visitante protestó por considerarla escandalosa. Se recogieron más de 12.000 firmas para que el museo lo retirara de sus salas. No lo hizo. Le preguntamos a Setsuko qué piensa de ello: «Os dejo opinar a vosotros. Él amaba la libertad total». No entiende el escándalo. «Ese cuadro es sobre todo una pintura hermosa e invita a mantener una mirada inocente. Si una falda levantada evoca sexo, es un problema de los países cristianos». De Basilea a Madrid «Thérèse soñando» es una de las 40 obras que se exhiben en la gran monográfica que le dedica la Fundación Beyeler de Basilea y que el próximo año viajará, con algunas obras más, al Museo Thyssen. La recorremos con sus comisarios, Raphaël Bouvier y Juan Ángel López Manzanares. El museo suizo ha optado por el debate y la reflexión, en vez de la censura, para abordar la polémica de sus trabajos. Ha puesto en marcha un programa de mediación con una plataforma online, mesas redondas sobre los límites del arte... En unas tarjetas pregunta al visitante: «¿Qué te fascina, irrita y sorprende en los cuadros de Balthus? Comparte tu opinión con nosotros». ¿Cuál está siendo la respuesta del público? «No hay mucha polémica. Para algunos, la obra de Balthus es marav para otros, aburrida», dice Bouvier. Entre las obras expuestas, los espléndidos retratos que hizo a sus dos esposas. A la suiza Antoinette de Watteville la pintó muy sensual, a medio vestir (o desvestir, según se mire) en «La falda blanca». Le escribió arrebatadas cartas de amor, publicadas por sus hijos Stanislas y Thadée. Cuentan que incluso amenazó con suicidarse cuando Antoinette no quería casarse con él. A la japonesa Setsuko la desnudó en la habitación turca de Villa Médicis y la pintó envuelta en malvas y rosas. También cuelga «Los hermanos Blanchard», que perteneció a Picasso –éste admiraba a Balthus porque era el único pintor que no quería ser Picasso–. No está (tampoco en Madrid) «La lección de guitarra», demasiado explícita, demasiado escandalosa para el pacato siglo XXI. Ha pasado por manos de Pierre Matisse, el MoMA y una docena de coleccionistas particulares. En las salas de la Fundación Beyeler cuelgan muchas de sus obras maestras, como «La rue» o la monumental «Passage du Commerce-Saint-André», depositada en el museo suizo y que no viajará al Thyssen. Ambas semejan espacios teatrales con figuras petrificadas. Pintó poco en toda su vida, apenas 350 cuadros. El gran fabulador Cree Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen, que Balthus «era un fabulador nato. Decía que no fue un pintor erótico y cada uno de sus cuadros destila erotismo. Extrae un placer perverso negando la evidencia. Fabuló sobre su propia vida. Insistía en que desciendía de la nobleza polaca. No es cierto. Adopta un título de conde inventado y desmentía que su madre fuera judía». Llegó a decir que era primo de los Romanov e incluso sobrino-nieto de Lord Byron. Balthus es la reencarnación viva de Heathcliff, el protagonista de «Cumbres borrascosas». Si metes en una batidora la novela de Emliy Brontë con «Alicia en el País de las Maravillas», de Lewis Carroll, y cuentos como el cruel «Pedro Melenas», saldrían las pinturas de Balthus. Sentía pasión por los primitivos italianos (Giotto, Masaccio y, sobre todo, su amado Piero della Francesca), a los que descubrió en la T por Poussin, Delacroix, Courbet... Adoraba a Mozart, porque «hace vibrar las emociones». Como él hace vibrar las nuestras con sus cuadros. Recuerda Setsuko escucharle canturrear por la casa el «Cossì fan tutte». Amigo de Giacometti, Fellini, David Bowie, Richard Gere, el Dalai Lama, Philippe Noiret, Bono, de U2..., se codeó con lo más granado del siglo XX: Camus, Saint-Exupéry, Artaud, Gide, Malraux... Nunca viajó a España, pero admiraba a Zurbarán, Goya, Miró (a quien retrató con su hija Dolores), Picasso y Tàpies. El arte era su religión. «La pintura es un modo de acceder al misterio de Dios», confesaba. Pintar era, para él, una forma de oración. De hecho, solía rezar antes de dar la primera pincelada a una nueva pintura. «La mayoría de mis cuadros son fracasos absolutos», se lamentaba. Fue, según Setsuko, prisionero de sus búsquedas. «Los pinceles, el mandil y el lienzo. Nada más. Es lo que ha justificado toda mi vida».

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