Sunday 16 December 2018
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abc - 1 month ago

Justiniano, el gobernante bizantino que reconquistó el Imperio Romano

A lo largo de la historia no han sido raros los casos en los que, ya sea de forma consciente o no, se ha tratado de emular la gloria pasada del Imperio Romano. La lista de ejemplos es larga, y nos lleva desde la expansión de los francos bajo el gobierno de Carlomagno hasta la búsqueda del «espacio vital» para los alemanes, o lebensraum, dirigida por Hitler no hace demasiado. Entre estos nombres se encuentra también el del emperador Justiniano I (483-565), quien fue quizá el gobernante más destacado del Imperio Bizantino. Su tiempo en el trono estuvo marcado por una serie de decisiones que trajeron consigo la etapa de mayor esplendor en la historia de Bizancio. Entre estas se encuentra, entre otras, la recopilación de todo el derecho romano en el «Corpus Iuris Civilis». Pero también sus guerras y afán de conquista, que le llevó a enfrentarse a los vándalos en África, a los ostrogodos en la Península Itálica y a los visigodos en la vieja Hispania. Todo con un objetivo: que el Imperio de Oriente recuperase la gloria pretérita de R desaparecida para siempre tras la caída de Occidente. Llegada al trono Cuando Justiniano accede al trono ni siquiera habían pasado 100 años desde que Rómulo Augustulo , el último emperador de Occidente, había sido depuesto por el hérulo Odoacro. Su familia había llegado al trono «de rebote», ya que su tío Justino, que fue el primero de su familia en acceder al poder, servía como general de Anastasio I, quien falleció sin heredero en el año 518. Lo cierto es que Justiniano, que desde joven mostró señales de habilidad e inteligencia, se convirtió rápidamente en la muleta de su tío. Acabó gobernando de forma efectiva sobre el imperio desde el año 527, aunque había sido coronado anteriormente. Una de las principales claves del éxito de Justiniano residía en su capacidad para rodearse de grandes talentos en cada campo. Desde su mujer, Teodora, hasta sus juristas de cabecera, entre los que se encontraba Triboniano, pasando por dos de los generales más competentes entre los que hubo en la Alta Edad Media: Belisario y Narsés. Estos dos militares fueron, precisamente, los puntales de la expansión de Bizancio por Occidente. Algo que no abría sido posible sin la buena situación económica en la que se encontraba el imperio desde tiempos de Anastasio. Respecto a la capacidad de sus mandos militares, esta ya había quedado demostrada en el año 530 durante la campaña contra Persia. El buen hacer de Belisario en el campo de batalla, que por entonces tenía poco más de 20 años, acabó forzando la paz con el que era el enemigo natural de Bizancio. Sin embargo, una vez con las manos libres en Oriente, Justiniano se dio cuenta de que para llevar a cabo su ambicioso plan, y a pesar de la buena situación económica, era necesario subir los impuestos. Esta medida, sumada a otras, acabó provocando el descontento de su pueblo. Durante es mismo 532, Justiniano estuvo cerca de perder la corona debido a la Revuelta Niká. Un levantamiento popular que se extendió desde el Hipódromo a toda la ciudad de Constantinopla. Con el palacio cercado por los opositores, el emperador estuvo tentado de huir y renunciar al poder. Sin embargo, su esposa, la emperatriz Teodora, le hizo abandonar esa idea. «Teodora fue la consejera más importante que tuvo el emperador, y los funcionarios del reino tuvieron que prestarle juramento de fidelidad (…). Ella fue quien supo rodear a su marido de colaboradores tan importantes», sostiene Ana Martos en su libro «Papisas y teólogas: Mujeres que gobernaron el reino de Dios en la tierra» (Nowtilus). África Llegado el año 533, Bizancio se lanzó definitivamente a la conquista del Mediterráneo. La primera campaña fue en el norte de África y corrió a cargo de Belisario. Este territorio, ocupado desde hacía tiempo por los vándalos, sin necesidad de emplear grandes esfuerzos. Y es que, según señala el historiador Georg Ostrogorsky en «Historia del Estado Bizantino» (Akal), tan solo fue necesario un pequeño contingente conformado por unos 18.000 hombres para que todo el territorio bajo el dominio de este pueblo germano, que por entonces estaba regido por Gelimero, pasase a manos bizantinas. Precisamente, sobre la exitosa actuación de Belisario en África y su posterior marcha triunfal por Constantinopla, el historiador bizantino Procopio de Cesárea escribió lo siguiente: «Cuando Belisario llegó a Bizancio con Gelimero y los vándalos se le consideró merecedor de los honores que en tiempos antiguos se habían conferido a los generales romanos que consiguieron las victorias más grandes y dignas de celebridad. Habían transcurrido casi 600 años sin que nadie recibiese tales honores, a excepción de Tito y Trajano y aquellos otros emperadores que, tras llevar la guerra contra algún pueblo bárbaro, resultaron victoriosos. Belisario, exhibiendo por el centro de la ciudad el botín de guerra y los prisioneros condujo la procesión, llamada “triumphum” por los romanos, pero no a la manera antigua, sino marchando a pie desde su casa hasta el Hipódromo y allí, de nuevo, desde las barreras se dirigió hasta el lugar donde está el trono imperial». Hacia Occidente Una vez afianzado el dominio del Imperio Romano de Oriente sobre el Norte de África, Belisario fue enviado en una nueva misión a la Península Itálica, donde se enfrentó al belicoso, aunque cada vez más incapaz, pueblo ostrogodo. A pesar de que la campaña comenzó con increíbles resultados, gracias a la conquista de Nápoles y Roma, costó mucho hacerse con la capital de este reino germánico, que se encontraba en la ciudad de Rávena. El emperador se vio forzado a enviar a la bota a Narsés acompañado de un importante ejército que permitiese terminar de una vez por todas con las defensas ostrogodas, que habían derrotado al conquistador del África de los vándalos en varias ocasiones. Y es que, a pesar de la derrota de su rey Vitiges, que había dado un golpe de estado previamente, sus guerreros seguían resistiéndose al dominio extranjero. La guerra fue larga (20 años) y de desgaste. Requirió importantísimos esfuerzos económicos y humanos desde Oriente. Sin embargo, poco después de asegurar el dominio en esta zona, el ejército de Justiniano decidió aprovechar las disputas surgidas entre el monarca Ágila y Atanagildo por el trono visigodo en la Península Ibérica. Parece ser que fue alguno de los contendientes solicitó a Bizancio que respaldase su derecho al trono. Esta fue la excusa perfecta para que Justiniano diese un nuevo paso en su objetivo de recuperar el antiguo Imperio Romano. Sus tropas acabaron conquistando sin grandes problemas la parte sudoriental de la Península a mediados de la década de los 50. Una vez culminadas estas conquistas, se puede decir que el Mediterráneo volvió a ser el Mare Nostrum. A excepción de algunos pocos enclaves, se habían recuperado todas las antiguas posesiones romanas bañadas por sus aguas. Sin embargo, el dominio no duró mucho. Las reservas de oro habían quedado reducidas a la nada, y el Imperio se había vuelto demasiado grande como para garantizar su integridad por mucho tiempo. «Los sueños reunificadores de Justiniano resultaban un anacronismo, imposible de mantener si no era por la fuerza», afirma Salvador Claramunt en «El mundo bizantino: la encrucijada entre oriente y occidente» (Montesinos). De este modo, los sucesores del emperador, que falleció en el 565, tuvieron que lidiar con una herencia sumamente difícil de gestionar. No pasaron demasiados años antes de que el territorio ganado por las armas pasase a manos de sus viejos enemigos.

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