Sunday 16 December 2018
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abc - 1 month ago

Felipe V y el tesoro de Vigo: el gran engaño del primer Rey Borbón para quedarse con toda la plata enemiga

En «Veinte mil leguas de viaje submarino» relata Julio Verne que el capitán Nemo visita con frecuencia la costa gallega para llenarse los bolsillos con un tesoro maravilloso: «Las arenas estaban llenas de montones de oro. Cargados con su precioso botín, los hombres regresaron al Nautilus, se deshicieron de su carga, y regresaron a ese inagotable mina de oro y plata». La referencia legendaria usada por Verne hunde sus raíces en la batalla naval que tuvo lugar el 22 de octubre de 1702 en la ría de Vigo, cuyas consecuencias, según el mito hoy vivo, son que todos los galeones cargados de oro del Reino de España se hundieron con sus tesoros. Aquel tesoro nunca ha podido ser hallado, ni siquiera parcialmente, a pesar de que cada pocos años aparecen nuevos aventureros que quieren ser Nemo. La prensa, la ficción, las guías de viajes y los cazadores de tesoros mantienen viva la leyenda de la plata de Vigo, a pesar de que todas las evidencias históricas apuntan a que nunca existió. Así lo demostró el hispanista Henry Kamen en un artículo publicado en 1966, luego ampliado en su libro «El Rey Loco y otros misterios de la España imperial» (La Esfera de los Libros), que narra el hundimiento de la flota española que dio origen al mito. Hacia el desastre en Rande Se trataba, concretamente, de una flota cargada de plata, oro y mercancías procedente de Nueva España que, al estallido de la Guerra de Sucesión, se convirtió en objeto de deseo de Inglaterra y Holanda, ambas coaligadas con el rival de los Borbones, el Archiduque Carlos III. Esta escuadra de 23 navíos, escoltada por el almirante borbón Chateau-Renaud, se dirigía a Cádiz como era habitual en los viajes de la Flota de Indias, cuando fue acosada por holandeses e ingleses. El almirante francés quiso refugiarse en algún puerto francés, pero los marinos españoles le convencieron de que mejor se dirigiera a la ría de Vigo, tal vez ante el temor de que las mercancías acabaran en el país vecino por mano de Chateau-Renaud. Lejos de lo que se suele pensar, el oro y la plata de la Flota de Indias no pertenecía apenas a la Corona. El Imperio español mantenía la obligación de que todo el comercio con América se realizara a través de Cádiz, y de que el traslado de estos metales se efectuara a través de un convoy de barcos escoltados. Estas flotas anuales llevaban dos cargas distintas: los metales preciosos, oro y plata, y monedas, que en su mayoría pertenecían a mercaderes y financieros, solo en un pequeño porcentaje a la C y, por otra parte, las mercancías americanas para comerciar en Europa, en su mayoría tabaco, pieles y cochinilla (un valioso insecto empleado como pigmento rojo). La batalla de la bahía de Vigo, 23 de octubre de 1702, de Ludolf Backhuysen El 22 de septiembre, esta flota de Nueva España, bajo el mando directo de Manuel de Velasco, entró en la ría de Vigo mientras la flota británica seguía sitiando Cádiz en ese momento. Velasco y el propio Chateau-Renaud creyeron haber dado esquinazo a los enemigos de los Borbones, pero no contaban ni con una segunda flota inglesa ni con la rapidez de George Rooke. Un mes después, a finales de octubre, los británicos aparecieron frente a Vigo y, tras un breve combate, apresaron la escuadra. De los quince barcos de guerra franceses, más dos fragatas y un cañonero, se perdieron todos. Y, de los tres barcos de guerra y trece galeones españoles, se saquearon e incendiaron por completo a excepción de diez con mercancías, que fueron capturados. Todas las informaciones hablaron de un gran botín entre las mercancías capturadas, sobre todo tabaco y tintes. La impresión en Europa es que aquello había sido un gran golpe para la economía borbónica, incluso cuando buena parte del tesoro había caído supuestamente al fondo del mar. Felipe V regresó a España a finales de ese mismo año y fingió indignación al ser informado del desastre. Sin embargo, ya sabía entonces que las cosas no habían sucedido como el continente pensaba y como Inglaterra celebraba. En verdad, el largo mes que tardó en llegar el ataque inglés fue utilizado por los españoles para desembarcar toda la plata y oro en Redondela, puerto cuyas defensas se reforzaron con troncos y cadenas para dar tiempo a la descarga. Antes que Kamen, en el siglo XIX, el historiador naval Fernández Duro recogió en sus obras lo ocurrido: «En diez días se puso en tierra la plata de registro, amonedada o en lingotes, cargándola en carretas que hacían dos viajes a Pont otras las conducían allí al Padrón, y en tercer transbordo hasta Luego, por escalas, con guardias de infantería y caballería. Empleáronse 1.500 de las carreras, y no hubo falta tampoco de embarcaciones, así que en menos tiempo pudiera acabarse la faena sin la resistencia pasiva de los maestres y mercaderes, que fue acentuándose más y más cuando llegó el oficial Larrea y ordenó aligerar frutos, porque, lejos de persuadirse de que corrieran riesgo a bordo, les dolía sacrificar el 20% que, según ellos, había de costarles el transporte terrestre, amén de la avería que en aquel clima, siempre húmedo, pudiera parecer géneros delicados, como son grana, añil, cacao y tabaco». «Empleáronse 1.500 de las carreras, y no hubo falta tampoco de embarcaciones, así que en menos tiempo pudiera acabarse la faena sin la resistencia pasiva de los maestres y mercaderes, que fue acentuándose más y más cuando llegó el oficial Larrea» Si las mercancías no fueron llevadas a tierra fue porque el consulado de mercaderes de Cádiz protestó en un principio y, sin carretas suficientes, luego fue demasiado tarde. Solo una pequeña parte de la mercancía se salvó. Consciente de que la plata y el oro estaban a buen recaudo, Chateau-Renaud ordenó quemar la flota en cuanto los holandeses e ingleses, más numerosos y mejor armados, traspasaron la barrera de troncos. Los aliados, no obstante, pudieron apoderarse de la mayoría de los galeones antes de que fueran destruidos, lo que explica su felicidad a pesar de que los metales preciosos se le habían escurrido de las manos. Fiel a su tradición, Inglaterra celebró el saqueo de los barcos inertes como si de un gran combate se tratara. El gran golpe El tesoro descargado por los españoles era la plata y el oro registrados en los informes, no así las posibles cantidades ocultas que pudieran haber hallado los expeditivos ingleses, expertos en el pillaje. ¿Pudieron apoderaron los atacantes de grandes cantidades de metales que no estaban en los informes oficiales? No lo corrobora así ni la «gravedad». En Londres, el encargado de la fábrica de la Moneda, el físico Isaac Newton, registró una cantidad de estos metales de solo 4.500 libras de peso, con un valor cercano a las 15.000 libras. Una cantidad mínima del total del botín británico, valorado en 200.000 libras. La escasez de plata en el saqueo hizo circular la leyenda en el imaginario popular inglés de que el verdadero tesoro se había ido al fondo de la ría, a pesar de que el almirante inglés George Rooke escribió en su diario de a bordo la verdad: «Toda la plata, unos tres millones de libras esterlinas, fue sacada y transportada hacia el interior, a una ciudad que distaba unas 25 leguas, pero solo 40 pequeñas arcas de cochinilla fueron llevadas a tierra». Estatua dedicada a Julio Verne en Redondela A la consolidación del mito y la desinformación, contribuyó de forma decisiva la Corona española. A principios de 1703, Felipe V promulgó un decreto por el que declaraba, a modo de represalia, confiscada toda las plata que había venido en esa flota de Nueva España que fuera destinada a comerciantes holandeses o ingleses. En justicia por el ataque criminal a su armada, el Rey confiscó plata por un valor de cuatro millones de pesos, lo que se sumaba a otros dos millones de pesos que, depositados en el Alcázar de Segovia, pertenecían propiamente a la Corona. Además, tomó prestada una parte destinado a los mercaderes y el Consulado de Sevilla, en torno a dos millones de pesos. El resultado fue la mayor suma que un Rey español había obtenido jamás en la historia del comercio con América: siete millones de pesos, el 50% de la plata que transportaba la flota. Si alguien encontró un tesoro en Vigo fue el Rey. Lo que siempre se ha considerado una grave derrota para Felipe V y para la España que salió vencedora de la Guerra de Sucesión resultó, en verdad, un golpe brillante de los Borbones españoles. Con el ataque y la posterior confusión, el Monarca logró incautarse de una plata que no le pertenecía a él y, de paso, perjudicó a la economía de sus enemigos. Cabe recordar que cuatro millones de aquella plata trasladada a Lugo sí fue devuelta a comerciantes sevillanos. Además, dado que la mayoría de barcos o eran franceses o no pertenecían directamente a la Corona española, la destrucción o captura de los buques en Vigo no supuso una pérdida directa para los españoles. Como concluye Henry Kamen en el mencionado libro, «los franceses tuvieron que hacer un esfuerzo para sustituir los barcos perdidos. Al final, muy pronto perdieron la supremacía en el mar». Inglaterra ganó poca plata pero «revalidó su superioridad en el mar», mientras que Felipe V consiguió una inmensa cantidad de plata y perdió pocos barcos. El valor de la cochinilla Entre la escasa mercancía que los españoles pudieron salvar en Vigo, no resulta extraño que la cochinilla se evacuara al tiempo que el oro y la plata. Hasta que la aparición de los colorantes artificiales dio al traste con este comercio, la cochinilla –llamada grana entre los españoles– fue uno de los productos mexicanos de exportación más valiosos, entre 1650 hasta 1860, tan solo superado por el oro. La cochinilla («Dactylopius coccus») es un blanco y regordete pulgón procedente sobre todo de México y de Perú. Un animal parásito, para vivir necesita plantas del género Opuntia, que desde hace más de 2.000 años se usa en América para teñir vestidos y dar color a la comida. En el siglo XVI los españoles comenzaron su exportación a Europa, donde alcanzaba un alto precio como colorante para paños y para el uso de los pintores. Posteriormente, los españoles la introdujeron en Canarias, donde su cultivo se convirtió en un importante recurso económico para las islas.

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