Sunday 16 December 2018
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abc - 1 month ago

Ana Penyas: «En la posguerra las mujeres eran invisibles»

«Penélopes condenadas a coser, a callar y a esperar. Coser esperando que apareciera un novio llovido del cielo. Coser luego, si había aparecido, para entretener la espera de la boda. Coser, por último, cuando ya había pasado de novio a marido, esperando con la más dulce sonrisa de disculpa para su tardanza la vuelta de él a casa». Este párrafo de Usos amorosos de la posguerra española, de Carmen Martín Gaite, sirve de luminoso preámbulo a Estamos todas bien (Salamandra), la obra con la que Ana Penyas (Valencia, 1987) ha ganado el Premio Nacional del Cómic 2018, primera vez que una mujer consigue este galardón en una docena de ediciones. Un trabajo dedicado a sus abuelas, Maruja y Herminia, fuente de inspiración y protagonistas del y, por extensión, a las mujeres de su generación, «personajes secundarios de otras vidas», según Ana. Trastos. O instantes. Con un estilo peculiar de trazo sencillo y perspectivas deformadas, su historia conmueve al doblar cada esquina, pues el lector puede reconocer paisajes -el pueblo y el barrio obrero de la ciudad-, situaciones -esa casi vuelta a la infancia de los mayores- y conversaciones -las excusas, los reproches, el perdón-. Porque los lectores tienen (o han tenido) abuelas muy parecidas a estas. Pasan muchas cosas Es cierto lo que señala Ana Penyas: historias de amor hay muchas, pero de abuelas, no. «De inicio no me planteé hacer un cómic sobre ellas. Todo empezó con una práctica en la escuela de Bellas Artes, cuatro páginas en las que describí con dibujos cómo mi abuela Maruja empezó a vivir sola en Alcorcón. Fui a visitarla y volví muy removida. Después mi madre me contó cómo mi otra abuela, cuando ella era pequeña, no daba abasto con las tareas del hogar. Parecía que en un día de su vida no pasaba nada, y en realidad pasaban muchas cosas. Desde una militancia feminista reflexioné sobre el rol que habían tenido esas mujeres, así que una cosa llevó a la otra, empecé a pensar en un argumento más largo y completé la historia». El proyecto recibió el Premio Internacional de Novela Gráfica Fnac Salamandra Graphic, lo que le daba la oportunidad de publicarlo. Eso lo cambió todo. La pasada Navidad, el humorista gráfico José María Nieto publicó una viñeta en ABC donde se veía a una anciana solitaria sentada en el sofá de su casa, junto al típico árbol decorado, hablando por teléfono: «Así que en el trabajo hacéis eso del ‘‘amigo invisible’’. Qué divertido. Cuando termines ven un rato a ver a la abuela invisible». «Es un chiste muy amargo», comenta nuestra autora. «Son mujeres de una generación invisible y muy castigada por el franquismo. Fueron ‘‘la esposa de’’, ‘‘la madre de’’... Siempre a la sombra de las personas de su entorno». En una página del cómic describe un íntimo acto de coquetería: su abuela se pinta los labios, se acicala, se quita con las pinzas los pelillos de la barbilla. Olvidamos que esas mujeres fueron jóvenes, que tuvieron una infancia. Me interesaba dejar de verlas solo como abuelas, como cuidadoras o cocineras de otros, para verlas como ellas mismas, como mujeres. Acercarme a su realidad desde su propio punto de vista. En «Estamos todas bien» los flashbacks cobran mucha importancia como elementos narrativos. Sí, y fueron la parte más complicada del relato, sobre todo cuando se enlazan las historias de las dos protagonistas. Tenía claro que quería partir del presente, pero vinculándolo con el pasado, y que quedara elegante. [Para estos «viajes», Ana Penyas utiliza elementos que son como puertas del tiempo: un crucifijo, un cazo de lentejas, una bolsa de El Corte Inglés... Maruja, que para ganar «prestigio» con su marido tuvo que aprender a cocinar lentejas, recibe muchos años después la regañina de su hijo por andar trasteando, precisamente, con el cazo y las legumbres mientras el Parkinson acecha]. «Mis abuelas me miran con anhelo por cosas que podrían haber cambiado en sus vidas, y no lo hicieron» Hábleme de cómo trabaja los escenarios. Bueno, soy ilustradora antes que autora de cómics, así que ya había reflexionado sobre el espacio urbano. Me gusta contar muchas cosas en una única escena, introducir guiños detrás de los personajes, un cartel o un negocio, una vecina paseando... Soy muy observadora y me fijo en cómo viste la gente en los barrios. Trabajo mucho con la fotografía y luego hago un collage con el dibujo a lápiz, lo escaneo y añado el color digitalmente. Se ha permitido un cameo. Al principio no quería crear un personaje conmigo misma, pero lo vi necesario para hilar la historia, ya que soy el vínculo entre mis dos abuelas, y la parte afectiva. «No olvides guardarte el carácter. Si llevas la contraria, te saldrán arrugas», le aconsejan de joven a una de ellas. ¿Les habla de la conquista de derechos de la mujer? Sí, desde pequeña. Han sido machistas por la educación recibida. Pero el vínculo que tenían conmigo se saltaba eso, me miraban sin enjuiciarme, incluso con ojos de anhelo por cosas que podrían haber cambiado en sus vidas, y no lo hicieron. ¡Incluso hablamos de sexo! Eso fue difícil. Hay partes que no he sacado por respeto, por no «desnudarlas» más. Al final aparece como elemento simbólico una aguja de coser. Maruja tuvo que dejar de coser porque el Parkinson le impedía enhebrar la aguja. Así que la vida le parece más aburrida. Pero el objeto también hace referencia a ese texto de Carmen Martín Gaite sobre la eterna espera de las mujeres en la posguerra, sobre la ilusión de un amor romántico.

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