Wednesday 12 December 2018
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abc - 29 days ago

¿Truco o trato?

Hay algo que no me cuadra, como decíamos de niños: habían roto las relaciones, de hecho, se habían declarado la guerra, cuando, de golpe y porrazo, se ponen de acuerdo sobre uno de los asuntos más candentes de la actualidad. Estoy hablando, como habrán adivinado, de la renovación de la cúpula del Poder Judicial. Lo que otras veces ha sido una batalla tan larga como cruenta entre PP y PSOE, se ha resuelto esta vez de forma tan suave como silenciosa. O, como esos boxeadores, tan molidos tras 15 asaltos intercambiando golpes, que se apoyan mutuamente en espera de la campana salvadora, o bien uno de ellos ha engañado al otro fingiendo extrema debilidad para lanzarle al menor descuido el puñetazo que lo envíe a la lona. La primera opción tiene visos de verosimilitud. Ni PP ni PSOE son ya los que eran y la lucha a muerte que vienen sosteniendo sólo beneficia a los nuevos partidos que recogen a los desencantados de los grandes. De continuarla, terminarán ambos desangrados. ¿Es el pacto de la magistratura el primer paso hacia una «gran coalición», el remedio más lógico para los grandes problemas que tiene el país y, de paso, recobrar su hegemonía? No tendríamos nada en contra pero, sinceramente, es demasiado bonito para ser verdad. España no es Alemania, el PP no es la UCD ni el PSOE actual es el SPD. Más decisivo: los españoles no somos alemanes y la cultura del pacto no ha calado todavía entre nosotros, pese al espejismo de la Transición. La teoría del engaño tiene más solidez. Está demostrado que Pedro Sánchez es un hombre sin principios. Pudo haber permitido el nombramiento de un conservador al frente del CGPJ y del Supremo, a cambio de una mayoría «progresista» en el primero, que le permita dar a los independentistas catalanes un tribunal mucho más benévolo con sus líderes procesados, y a él, continuar en La Moncloa tan campante. En tal caso, la ministra de Justicia, Dolores Delgado, que llevó la negociación en su nombre, habría vendido a Rafael Catalá, que la llevó por el PP, un burro tuerto y cojitranco. Un público harto de ser engañado se inclina por no creer a ninguno, con la Justicia en sus horas más bajas en mucho tiempo. Pero es la única que tenemos y hasta que la nueva judicatura eche a andar y dicte sentencias no sabremos si el último pacto sobre ella ha sido el «cambio de cromos» habitual entre los dos grandes partidos o la reforma que necesita el tercer poder del Estado. El primer examen lo tendrá con el juicio del «procés», donde se juzgará no sólo a los acusados sino también al tribunal. Sus miembros tendrán la oportunidad de demostrar que son realmente independientes o sólo las terminales de los partidos políticos que los nombraron o de su ideología personal. Me gustaría ser optimista, pero me cuesta trabajo serlo. Tengo la impresión de que los españoles, jueces incluidos, nacemos con un carné de partido en la boca, causa de nuestro llanto. Aunque me gustaría más equivocarme.

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