Monday 19 November 2018
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abc - 11 days ago

Deportaciones y antisemitismo: la verdad tras Pétain, el traidor francés que admiraba a Hitler

«El mariscal Pétain ha fallecido a las ocho treinta de esta mañana. En el momento del fallecimiento rodeaban al mariscal su esposa, su abogado, Jacques Isorni, y uno de sus hijos», con estas palabras informaba el diario ABC, el 24 de julio de 1951, de la muerte del controvertido Philippe Pétain. Con su marcha, este héroe de la Primera Guerra Mundial (se hizo famoso tras resistir el envite germano en Verdún al grito de «¡Coraje... lo conseguiremos!») cerró uno de los capítulos más tristes de la historia de Francia: el de la Segunda Guerra Mundial. No en vano este militar fue la cabeza visible del gobierno colaboracionista de Vichy y uno de los artífices de barbaridades como la redada del Velódromo de Invierno, en la que las autoridades galas arrestaron y deportaran a casi 13.000 judíos. Con su muerte se acabó también el periplo de un anciano sobre el que cayó todo el peso de la justicia gala en 1945, poco después de la liberación definitiva de Francia por los aliados. Ese año, el país juzgó a su viejo héroe de guerra en un intento de pasar página y tratar de olvidar la vergüenza que suponía el que, durante nada menos que un lustro, su gobierno hubiese colaborado estrechamente con el régimen nazi. Tal fue era el dolor y el rencor del país hacia este traidor, que Pétain fue condenado a muerte por un tribunal. Con todo, su avanzada edad (90 años) le salvó del patíbulo. «De Gaulle conmutó más tarde la pena capital por la de reclusión perpetua. El mariscal fue llevado a un castillo inhóspito de los Pirineos, y más tarde, a una de esas famosas fortalezas que Luis XIV mandó construir a lo largo de Francia», afirmaba ABC en aquellas mismas páginas fechadas en el año 1951. Por todo ello, fueron muchas las voces que, el pasado jueves, no pudieron evitar la sorpresa cuando Emmanuel Macron, presidente de la República francesa, consideró «legítimo» rendir homenaje (en el marco del armisticio que puso fin a la Gran Guerra en 1919) a la figura de Pétain. Tal y como han desvelado muchos diarios locales como «Le Figaro», el político arguyó para ello que el militar había sido «un gran soldado en la Primera Guerra Mundial» aunque, a la postre, hubiera hecho «cosas funestas». «Es legítimo que nosotros rindamos homenaje a los mariscales del ejército que nos han conducido a la victoria, como cada año», afirmó. Sin embargo, finalmente decidió dar marcha atrás y cancelar el evento. «Mejor Hitler que Blum» Con todo, lo cierto es que la mentalidad antisemita de Pétain no era única en Francia. De hecho, y tal y como señala Álvaro Lozano en su obra «La Alemania nazi», en los años treinta el lema de muchos partidos galos era «Mejor Hitler que Blum». Este nombre hacía referencia a Léon Blum, el que primer ministro socialista judío del país en dos ocasiones: desde el año 1936 hasta 1937 y, a continuación, también en 1938. En palabras del mismo autor, había también otros tantos partidos políticos que defendían la instauración de medidas en contra de los judíos similares a las que se estaban forjando en Alemania o, incluso, más duras. Entre ellos, Action Française. Así de tensa estaba la situación política en Francia cuando, a mediados de mayo de 1940, los carros de combate alemanes traspasaron la línea Maginot (la red de fortificaciones fronteriza que defendía al país de los posibles ataques desde el este) y dieron comienzo a la conquista del país galo. La invasión se extendió en el calendario poco más de un mes, tiempo tras el cual la nación de la libertad, la igualdad y la fraternidad se vio obligada a capitular frente a los soldados de Adolf Hitler. De nada valió que el gobierno local dispusiera de un ejército más numeroso que el germano, pues fueron derrotados. El 25 de junio de 1940, con el ejército local arrodillado ante el apabullante poderío de la «Wehrmacht», Hitler dividió «la France» en dos zonas. La primera, al norte, ocupada por las tropas germanas. La segunda, al sur, liderada por un gobierno que colaboraba con el «Führer» bajo el régimen de la ciudad de Vichy (donde se asentó la capital). «Los alemanes ocuparon el norte, la región más rica y productiva de Francia», explica en declaraciones a ABC el historiador y escritor Mario Escobar (autor de «Los niños de la estrella amarilla», una novela histórica que narra la resistencia de un pequeño pueblo galo ante el nazismo). Leyes extremistas ¿Quién podría ponerse al frente de esta nueva Francia colaboracionista? El elegido fue Philippe Pétain, famoso entre el pueblo galo por haber combatido heroicamente en la Primera Guerra Mundial, donde su valentía le había granjeado el título de mariscal. Reservado, mujeriego y de ideas políticas enigmáticas, el militar ya había recibido el 18 de mayo de 1940 el puesto de vicepresidente del Consejo para defender al país de la invasión alemana. Y su solución había sido instar a sus compatriotas a rendirse al enemigo y aceptar unas condiciones humillantes por parte de Adolf Hitler y de su gobierno. A partir de entonces, Pétain se mostró dócil ante los nazis. Las razones para ello fueron una mezcla de antisemitismo, miedo y ansias de poder. «A Pétain le prometieron que la ocupación iba a ser muy breve, y que tras ella podría recuperar Francia. El mariscal pensó que, cuando acabara la guerra, podría gobernar todo el país sin oposición. Además, el miedo a perder las colonias frente a la España de Francisco Franco hizo que colaborara en todo con los alemanes para que estos le apoyaran», añade. De esta guisa, y a partir del 17 de junio de 1940 (cuando se le dieron plenos poderes a Pétain), la Francia de Vichy hizo algo que no se había visto en el país desde antes de que la revolucionarios de 1789 ascendieron al poder: imponer una serie de ideas ultraconservadoras que solo sobrevivían en las zonas más rurales del país. A partir de ese momento, en la «France» proliferaron decenas de leyes antisemitas que secundaron la locura nazi. Así lo afirmó, entre otros, Jorge Kirszenbaum (ex presidente de la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas) en un discurso pronunciado en 2006 con motivo de un homenaje a los supervivientes de la Holocausto: «Desde octubre de 1940 todos los judíos debían registrarse en dependencias policiales, donde se les agregaba la palabra judío en su documento de identidad». El experto también explicó entonces que, a partir mayo y agosto de ese mismo año, se les obligó a portar la estrella amarilla, se les confiscaron sus radios, y se les exigió viajar en el último vagón del metro de París. Esas leyes, de la primera a la última, fueron instauradas por galos. «Toda esa humillación, esa degradación, esa persecución y esa depuración fueron perpetradas por los franceses», añadió Kirszenbaun. Francis Lott, embajador de Francia en Buenos Aires, hizo hincapié en esta idea durante el mismo evento: «La verdad es cruda. El Estado francés secundó la locura nazi, organizando razias y deportaciones. Un cuarto de los judíos de Francia han perecido en los trenes y los campos de concentración». Lozano es de la misma opinión, y así lo deja patente en su obra, donde explica que Pétain cargó contra los judíos excluyéndoles de los cuerpos oficiales del ejército, expulsándoles de la carrera judicial y despidiendo a todos los que ejercían como profesores. A la mayoría también se les quitó la nacionalidad francesa, aunque Pétain excluyó de esta medida a algunos de sus compañeros de la Primera Guerra Mundial. «La policía del régimen de Vichy (la Milice) demostró ser una de las fuerzas más antisemitas de Europa y participó muy activamente en la búsqueda y captura de los judíos franceses», añade el autor. ¿Culpable? Hasta hace poco, muchos de los defensores de la figura del mariscal afirmaban que Pétain se vio obligado a aceptar el régimen nazi y a colaborar de forma pasiva con la promulgación de leyes antisemitas. Sin embargo, en 2010 un nuevo documento desvelado por los investigadores Éric de Rothschild y Serge Klarsfeld rompió finalmente este mito. Y es que, ambos hallaron un borrador del proyecto de Ley contra los judíos redactado por el mismísimo oficial en el que este solicitaba a su gobierno, en la ciudad de Vichy, que agravase las penas que se habían impuesto contra los semitas que fuesen capturados. El informe, como esperaban expertos de la talla del historiador Robert Paxton, cambió de forma drástica la visión que se tenía hasta entonces de Pétain y empezó a cobrar importancia de nuevo la versión francesa que se había generalizado a partir de 1945. «Ese documento viene a probar lo contrario: él mismo participó de manera muy activa, a la cabeza del Estado colaborador de la Alemania nazi, en las políticas policiales y racistas contra los judíos», explicó el experto. Velódromo de Invierno Sin embargo, si por algo se hizo tristemente famoso Pétain fue por orquestar uno de los hechos más deplorables de la Segunda Guerra Mundial: las deportaciones del Velódromo de Invierno en la Francia ocupada. Esta operación empezó en el verano de 1942 cuando se ordenó a unos 9.000 gendarmes arrestar a más de 12.000 personas. La tarea no les resultó difícil pues, como explica el historiador Yehuda Krell en su obra «Páginas de odio. Historia del antisemitismo», «los judíos franceses habían sido registrados con anterioridad, desde 1940, por las autoridades locales». Tras el arresto, el gobierno colaboracionista dividió en dos grupos a los presos. Una parte (principalmente los hombres solteros y sin familia) fueron llevados hasta campos de internamiento como el de Drancy, al norte del país. El resto (mayoritariamente mujeres y niños) fueron trasladados en autobuses hasta el Velódromo de Invierno de París. «Fue algo muy simbólico porque el lugar no era solo un edificio en el que se practicaba ciclismo. Era un emplazamiento muy popular en el que se habían celebrado desde corridas de toros, hasta pases de modelos. Era un sitio de reunión cercano al río Sena. Un edificio muy conocido», añade Escobar. «Francia se saltó todas las leyes de la República para tener esa relación cercana con los nazis» Aquel lugar de jolgorio se convirtió durante varios días en un auténtico infierno. «Aunque era un edificio público con baños, no estaba preparado para albergar a tanta gente. Las condiciones fueron penosas. Los presos pudieron llevar escasamente una manta y un par de camisas. Apenas recibieron comida o agua y, a su vez, tuvieron que soportar el calor extremo que hacía en julio», completa Escobar. Durante esos días también fueron fusilados todos aquellos que intentaron escapar. Otros se suicidaron. «Francia se saltó todas las leyes de la República para tener esa relación cercana con los nazis», completa. Finalmente, a partir del 18 de julio los presos empezaron a ser deportados hacia Alemania (en algunos casos) o hacia otros campos intermedios galos. Así lo determina el ensayista Emmanuel Lemieux en su obra «Edgar Morin: vida y obra del pensador inconformista». En la misma, señala este día como el primero en el que comenzaron a viajar trenes cargados de judíos hacia Auschwitz. Muchos de los reos no regresarían jamás a su tierra natal, pues su destino serían las cámaras de gas. Escobar señala que esta situación fue especialmente cruda para los más pequeños. «Como los alemanes no sabían qué hacer con los niños, el gobierno se los llevó a un campo de internamiento al norte del país. Su situación fue doblemente traumática. Primero, porque tuvieron que despedirse de sus padres cuando estos fueron deportados. Y luego, porque fueron trasladados solos hasta Auschwitz en un convoy. Ese camino lo hicieron sin nadie que les cuidara, hambrientos y deshidratados. Fue algo terrible», añade. Los datos de la redada del Velódromo de Invierono fueron traumáticos. En ella, se deportó aproximadamente a un cuarto del total de judíos que saldrían desde Francia en dirección a Alemania. Y lo más preocupante, según Escobar, es que posteriormente este horror trató de esconderse: «Todo fue indiferencia y silencio durante generaciones. Un ejemplo es que, en las elecciones francesas, Marine Le Pen llegó a decir que los franceses no habían colaborado con los nazis. Aunque lo de su padre fue peor. Él negó directamente el genocidio». Es precisamente por eso por lo que las palabras de Macron estos días han sido tan importantes.

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